"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
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sábado, 3 de marzo de 2018

Traición


Ya se empezó a acabar el año

no hace ni frío ni calor
pero hace humedad
hay mosquitos
mustiques
hay hongos en los árboles y en las plantas
de los pies
empezaron las clases
las sesiones legislativas
el tráfico es denso
son putos los cornetazos
todavía algunos vacacionan
otros no podemos trabajar
aunque secretamente seguiríamos
así
ya no me gusta tanto
la gente
ni los míos
animales
who cares
nieva en Edimburgo
y no lo podes comentar conmigo
perdiste
y yo también


más

sábado, 9 de enero de 2016

Envuelta en fuego

¿Que qué me pasa por la cabeza? Me pasan tantas cosas que podría decir que no sé por dónde empezar. Pero son básicamente dos cosas: Como Serrat, Un día de estos he de plantearme/muy seriamente dejar de fumar/con esa tos que me entra al levantarme. Para esto fui a ver por tercera vez, que espero sea la vencida, a mi admirado Dr. Bergman. Es cardiólogo, trabaja con adicciones, pero la verdad es que el tratamiento para dejar de fumar es totalmente secundario a las charlas que con él puedo tener.

Me pregunta que cómo estoy, que cómo me fue esta semana y le digo que me parece que fumé más, que estoy ansiosa y fastidiada. Me pregunta cuántos fumo durante el trabajo y le digo que si acaso uno. Que fumo uno antes de irme a trabajar y a la noche cinco o seis. Sobre todo que ahora me cuesta más irme a dormir porque me cuesta conciliar el sueño.

Me propone fumar máximo 5 por día y fumar al aire libre, no adentro de mi casa. Si acaso en el balcón. Acato y seguimos con los temas importantes. Hablamos de los padres, de la escritura, del proceso creativo, de las motivaciones para la creatividad, de lo que hace feliz a la gente. Me habla de la conferencia de Ted Robinson sobre ‘El Elemento’, aquel lugar donde la aptitud y el deseo se encuentran. Me habla de Elisabeth Kubler-Ross y las etapas de la aceptación (de la muerte) que muy bien se adecuan al duelo de dejar a ese amigo que es el cigarrillo. Ese que te acompaña y siempre asiente. No te cuestiona, ni te critica ni te recuerda lo que deberías ser. No te señala que no diste todo lo que pudiste, y así. Divorciarse del cigarrillo es difícil. Aunque ya lo conseguí dos veces espero que esta sea la vencida. No quiero terminar como mis tías viejas, cuyos vicios y excesos les marcaron la cara, el cuerpo y en definitiva, la vida. No quiero caer desplomada en el medio del parque y en el medio de un juego de croquet como mi tía María Clara. No quiero tener el cutis gris como lo tenía mi tía Rosa. Y así siguiendo. Pero a veces pienso que es casi inevitable no ya transformarnos en nuestros padres, sino que además terminamos pareciéndonos también a nuestros tíos, sobre todo si fueron siempre muy cercanos durante toda la vida.

Todas las cosas que me dice Bergman apelan a un sitio muy sensible en el cerebro, a ese sitio donde casi nadie nunca llega. No sé cuál es pero es mi talón de Aquiles, el botón de reset, ese que ni yo misma sé dónde está y por lo tanto no puedo usar cuando querría. Me persuade de una manera que voy casi como una autómata a perseguir mi objetivo, que siempre pienso que tengo una intención imperfecta, pero no obstante me expongo a la posibilidad de que funcione mi propósito de dejar de fumar. Dos veces ya funcionó, repito. Hablamos de la culpa judeocristiana, hablamos sobre cómo talló nuestras personalidades y cómo podemos hacerla actuar a nuestro favor.

Me dijo que tengo una cualidad que es buena. Que es que en algún punto me río de mí misma. Le digo que en eso me parezco a mi mamá, o al menos de ella lo aprendí, quizás por ósmosis. Cuando las cosas no tienen remedio, y me doy cuenta de que no hay nada que pueda hacer, después que ya probé todo, entonces y sólo entonces, y ante el agotamiento de los recursos, que nunca son pocos, entonces vomito una carcajada, aunque un poco desesperada. Después las endorfinas harán el resto.

Cuando me propuso otro ejercicio, “ya que te gusta escribir”, pero, a la sola mención del título, se me hizo un nudo en la garganta. Me dijo que me imaginara que es mi cumpleaños número 80 y que tres personas reales o imaginarias me escriben una carta. O que cuál podría ser mi epitafio. Si yo lo pudiera elegir, mi epitafio sería: “Su dolor se disolvía en una estentórea carcajada”.

Otro ejercicio que me propuso fue que escribiera las cartas que me gustaría que me escribieran si llego a los 80, que a este paso es difícil. Me gustaría recibirlas de Ian, de Rocío y quizás de mi amiga Martita, o Laura P., que yo creo que son quienes me conocen más acabadamente; y eso que soy muy complicada.

Me dijo como si fuera obvio que tengo poca autoestima. Yo coincido en que es la fuente de todos mis males y le cuento cómo cuando era niña, en mi tribu, era un pecado capital ser ‘pillada’, o sea presumida, presuntuosa, orgullosa. Cualquier brote diferente a la humildad más franciscana era pisoteado como una cucaracha, antes de que exhalara la primera molécula de aire.

Bergman es cardiólogo pero, me dijo, igual que yo, también en algún punto estudió medicina por mandato familiar. Si bien a mí me dieron mi bendición para estudiar Bellas Artes, ya que era más o menos obvio que era mi camino -al menos en ese momento- pero, claro, tuve muy muchos mandatos, otros. Me sigue diciendo que en realidad a él le habría gustado ser músico o actor, y que en su otra actividad, que es lidiar con las adicciones, siente que tiene un outlet para esas aficiones. No estoy muy segura de cuán alineada está la docencia con la actuación o la música. Según Lole, mi colega del trabajo, está lleno de médicos que tocan algún instrumento.

En cualquier cosa creo que esto de dejar de fumar me va a provocar una huida hacia adelante en la forma de escribir. Porque qué voy a hacer con el ansia, la ansiedad, la desesperación, el malhumor, y todos esos sentimientos cotidianos con los que vivo? Si sirve para tenerme escribiendo seguido, pero lo que se dice seguido, pues entonces la escritura bien vale largar el pucho.

Como propósito para este año nuevo me he fijado sólo dos objetivos: dejar de fumar y escribir. Empecé bien, porque a día 7 de enero ya hace dos semanas que empecé el tratamiento para dejar de fumar y varias semanas de haber retomado el taller. El otro día tuve una epifanía semi vigil en la que me di cuenta que esto es lo que tengo que hacer. Escribir. No importa si es aburrido. No importa si es monotemático. No importa si es self-centered. Por algún lado hay que empezar. Hay que adquirir el hábito. Hay que necesitarlo como el aire. Hay que desoír las voces del desánimo propias y ajenas. Hay que pasar por sobre encima de todo. Ayer me sentía una bola de fuego impulsada por un tornado. Me sentía fuerte y de buen humor. Seguro que en parte debido a una de las acciones colaterales de la droga: ‘sensación inusual de bienestar’. Esa fue mi motivación secreta principal para dejar de fumar: que me dieran esa droga con tan deseable efecto colateral. Encima when it kicks in, provoca la deshabituación del tabaco. De hecho cuando B. me preguntó si notaba algún cambio, aunque yo le contesté que creía que no, me preguntó si por casualidad no encontraba difícil terminar los cigarrillos. Y le dije que sí!!! Qué bueno!! entonces está empezando a hacer efecto.

Como las otras dos veces anteriores, seguro me va a hacer poner fecha para el día señalado en el que voy a dejar de fumar definitivamente. Hablando de vicios, culpas, religiones y símbolos, cada vez elegí fechas señaladas, que me hablaran.

El fin de semana, cuando eskypeé con Ian, después de haber hablado sobre las celebraciones de Hogmanay, desembocamos en el tema pucho. Es un santo. La verdad es que no puedo creer que le puedo fumar en la cara y ni pestañea. Así como es de fóbico con casi todos los seres de la existencia, a mi me banca todo. Casi demasiado. A veces me da miedo de que me mande a la mierda. Si yo fuera él ya me habría mandado a la mierda hace añares. Bueno, el asunto es que cuando le dije que estaba buscando una fecha para dejar de fumar, pero tenía que ser una fecha simbólica, me dijo que entonces tenía que ser el 25 de enero, el día del héroe nacional escocés, Rabbie Burns. En esa noche, los hombres celebran a las mujeres, entre otras cosas. Ian siempre me recita poemas de Burns. Con acento escocés y todo. El efecto es demoledor. Pues bien. Entonces, la semana que viene cuando lo vea al Dr. B., y me haga elegir una fecha, voy a elegir el 25 de enero. Veremos cómo me va. Si lo consigo, me imagino que el resto del año, como me merecería, podría fluir como un barco en una laguna, como una mano sobre la seda, como una brisa en una mañana de verano. Todo esto puede suceder.


Casi diría que no puedo parar de escribir. Estoy esperando que me interrumpa mi jefe. Menos mal que puedo escribir porque si no creo que agotaría a la gente a mi alrededor con mi cháchara. Cambio y fuera. Me voy a ganar el pan. Digo las vacaciones.

Basta



—“Hola, hermosura”, la saludó el flaco.
—“Hola. Llegaste tarde, me hiciste esperar. Como siempre.”
—“Ay, Chuchú… ¡qué carácter! ¿Cómo estás?”, saludó sin más explicación, como siempre hacía.

—“Y, si te fijás te vas a dar cuenta. Estoy shockeada, alterada y preocupada. Mi jefe está prófugo. Me vengo a desayunar que lo acusan de negocios turbios”. dijo ella no sin cierta acidez.
—“Ah. ¿Y eso es bueno o es malo? “le preguntó él, tratando de minimizar.
—“La verdad no sé mucho. Me estoy desayunando de todo esto. No tenía ni la más remota idea de que esto hubiera sucedido. No me tomó del todo por sorpresa porque este negocio no me lo imaginé nunca limpio. Qué sorpresas que tiene la vida. Toda mi carrera trabajando en empresas serias, re serias, y, a esta altura, esto. No lo puedo creer.”
—“Pero bueno, no te preocupes, no es tu problema”, argumentó él, intentando sin vano suavizar.
—“Claro que es mi problema. Por supuesto que es mi problema. Para empezar me pueden llamar a declarar, me puede apuntar el fiscal, me pueden someter a un interrogatorio y para seguir, me podría quedar sin trabajo. Mi trabajo es todo para mi. No ves que es lo que me garantiza la independencia? Lo único que me importa es la libertad. Toda la vida trabajé para vivir así. Esto amenaza toda mi vida. Es terrible. Estoy trastornada. Muy trastornada. Al borde del pánico.”
—“¡Bueeeno, Chuchú…! ¡Pero no pasa nada! Qué va a pasar? Como mucho te tendrás que bajar un poco del caballo. Y tendrás que viajar menos o no viajar. Igual viajar es el consuelo de los mediocres”.

Ella se levantó poseída por una ira incontenible y le dijo sin más mientras se dirigía a la puerta y la abría, todo en un solo impulso.

—“¡Te vas!”, vociferó ella. “¡Te vas ya mismo!.¡¡ YA MISMO!!”
Y él se fue, sólo algo confundido, convencido de que pasaría mucho tiempo hasta que se le pasara el berrinche. Como siempre.
***
27 de octubre
—“¿Me invitás a comer a tu casa?” irrumpió él después de tiempo más o menos largo de proscripción. Aunque quizás, pensó ella, ni se había dado cuenta.
—“Ya comí” le contestó ella secamente, mal disimulando su fastidio acumulado.
—“Entonces invitame a dormir” redobló la apuesta él.
—“No, porque estoy tengo insomnio y estoy tratando de conciliar el sueño. Y vos no me dejas dormir”
—“No podés dormir porque no me querés invitar a dormir” Insistió él, quizás ignorando el hilo de la conversación.
—“No te quiero volver a ver, ni a oír, ni a leer. Nada. No te entiendo. No puedo establecer una conexión con vos. No entiendo lo que hablás y mucho menos lo que hacés. Te pido por favor que no me contactes más. Ya te lo dije mil veces. Queremos cosas distintas. Y sobre todo yo no estoy segura de qué es lo que vos querés de mi. Es más, me intuyo que es algo que a mí me revienta.”, y cortó. Pero alcanzó a escuchar.
—“¡¡Sos diosa, mi Chuchúuu!!”
***
14 de diciembre
—“Hola. Me salió un tumor en el páncreas. El jueves me hacen una resonancia. Luego punción u operación para saber si es bueno o malo. Estoy viviendo en el tigre con Carla Farra. Ayer fuimos a andar en kayak y nos bañamos en el río” Todo en la misma oración y sin respirar, le descargó él, sin ningún signo de apasionamiento.
—“¿¡Qué?!, se alarmó ella. Pero, a ver, vayamos por partes: ¿como te diste cuenta? ¿Desde cuándo lo tenés? ¿Quién es Carina?
—“Carla, aclaró él.”
—“Bueno, es igual”, desestimó ella.



—“Estoy viviendo en el Tigre con ella. Es sicóloga, trabaja con cosas de energía, piedras, y esas cosas esotéricas. Es la que conocí hace tres años, justo antes de conocerte a vos. Nos reencontramos. Estoy enamorado. Pensé que nunca más me iba a volver a pasar. Es lindo lo que me pasó. La historia es larga pero el milagro ocurrió. Espero no morir muy pronto. Si no te jode, quiero que un día vengas, te va a encantar. Ella y el lugar. Además me encantaría que me acompañaras. Quiero que estés cerca, si te bancás. Tengo paz, estoy feliz y vos sos hermosa….”

viernes, 7 de febrero de 2014

High Fidelity

Dentro de los propósitos que me fijé -con bastante desgano- para este año que empezó, en el primer lugar estaba dejar de fumar, cosa que he logrado hacen dos meses y medio.

Otro, que se repetía en mi lista desde hace años, y al cual no le ponía demasiada atención hasta que se hizo lugar en los primeros puestos, era escribir. Escribir algo. Sin pretensiones, sin censuras. Sólo escribir, hacer caso de eso que me salía en todos los tests vocacionales de mi adolescencia, eso que se colaba en mi mente sin saber de dónde venía. Y que cada vez que lo hacía me parecía que no me salía nada mal. Es más, cuando escribía relatos de mis viajes o aquí mismo, alguna ponderación recibía. 

Pues heme aquí, recién vuelta, por primera vez en mi vida, de un taller de escritura. Esta mañana, presa del pánico más animal y buscando la estúpida excusa del temporal, casi no voy. Pero al final conseguí forzarme a mí misma y volver victoriosa de una misión que me parecía horrible por lo difícil. 

Esta fue mi primera contribución, siguiendo la consigna de escribir, como Nick Hornby, una lista de mis 5 (favoritos?) novios. 

Y claro, la literatura al final es casi siempre sobre el amor. 

Voilá: 


El escocés. Una tarde oscura de invierno, encerrada en el cuartito de la computadora, sintiendo que todo el mundo estaba con alguien, ocupados, divertidos o no, me encontré surfeando la internet. Era la prehistoria de la red. Apenas había aparecido. La conexión era vía una línea de teléfono. Hacía ese ruidito que sonaba un poco a pito y un poco a pájaro. Sólo que más electrónico. La paciencia era fundamental. Era un ejercicio prácticamente inaudito. Pero el interés tiene pies. Así que, reprogramando la mente y el cuerpo, la mirada fija en el monitor, me aboqué a completar los cientos de casilleros que me separaban de mi hombre ideal. El bombero de Montana no me sedujo. Nunca me dejé fascinar por los uniformes ni por los servidores públicos, pero cuando leí que el sistema había arrojado, aún a pesar sus precarios algoritmos, un especialista en programación de ordenadores con una lista de libros que comprendía gran parte de la literatura clásica y moderna, casi fue una epifanía. Y era escocés. Esa nación que, en el fondo de mi alma, bullía con pocos ingredientes, pero a fuego lento y antiguo, a la lumbre de los genes y de la imaginación, esperando que una ocasión inopinada apareciera y detonara una relación profunda, larga, íntima, estrecha, vital, innegable e imposible de abandonar.

El arquitecto. Prefiero que las cosas no me sucedan, sino provocarlas. Pero esta vez fue el primer caso.  Después de un tiempo que no puedo precisar, finalmente un día, llegó a mi atención un mensaje que se repetía con una insistencia menor a la que me podría haber molestado, razón por la cual finalmente lo advertí, y más aún, contesté. Aún sabiendo que podía ser peligroso. Como el agua, que se mete donde puede, sin pedir permiso, sin violencia, pero sin demoras e inexorablemente, me dio amor, cariño, sexo sin prisa, sin competición, sin alarde,  sin libertad, sin prejuicios, sin esquemas. Al final, mientras no hable se parece bastante a la felicidad, suponiendo que eso sea encontrar lo que uno cree querer. Tiene el hábito de mirarme a los ojos, a veces con una fijeza vacía de –le digo- asesino serial. Devolver su mirada es como hacer la plancha en el mar caribe. Un azul tan profundo que parece verde, en el cual me gusta perderme hasta desear que nunca más nadie me encuentre.  Pero no me gusta que me hable. Porque no entiendo su humor, demasiado absurdo para mi literalidad, sus motivos ni sus excusas. Mucho mejor es verlo en acción y editar todo lo demás.

El castigo. Es un amor platónico, pero no por eso menos real o menos fuerte. La primera vez que caminé por el pasillo largo y angosto del famoso y antiguo estudio de abogados, con su alfombra vieja y manchada, los paneles de cedro lustrado a la goma laca muñeca, como se hacía antes, porque ya nadie tiene oficio, el primero de varios que me llamó para conocernos y conversar, fue el de la primer oficina a la izquierda, la de Wolfie.  Y habíamos sido vecinos en el mismo edificio, aunque a destiempo. Como todo el resto de nuestra relación. Nos conocimos cuando él ya había puesto primera en su vida. Más bien cuando ya estaba en 4ª y pronto a entrar en la velocidad crucero en la que se mantiene desde ese entonces, hace veinte años. O más. No obstantes todos los obstantes entre medio, cada vez que nos vemos no podemos dejar de mirarnos profundamente, aún cuando hablemos de cualquier tema. Por ejemplo de la vejez, del trabajo, de las malas elecciones de nuestros amigos comunes… Su mujer sostiene que me tiene celos pero que no se preocupa porque me conoce. Lo que no sabe es que no me conoce tan bien, ya que si yo tuviera la ocasión, ella posiblemente habría de lamentarlo.


El ingeniero Para no contrariar a Freud mi primer novio fue un ingeniero, igual que mi padre. Su cara redonda, su boquita minúscula, sus ojos grandes pero sobre todo su confiabilidad fue lo que me ganó de entrada. Que me viniera a buscar a las 9 en punto cuando había dicho a las 9 te busco me generaba un estado de maravillosa excitación que jamás le confesé. No fuera que supiera con qué poco me tenía. Lástima que le faltó amor. No en intensidad, sino en duración. Sentí que se sumió en un sopor indiferente que me ofendió en lo más profundo. Aunque el sexo haya sido probablemente el que más me haya gustado.  Era un buen candidato: atractivo sin estridencias, caballero y cariñoso, buen amante y trabajador. Pero me cambió por un barco. El día que me di cuenta que lo único que le hacía brillar los ojos era navegar, ese mismo día en que me di cuenta que no me quería así de tanto, me di por vencida y lo dejé.


El franchute. Es verdad que el tamaño importa. Quien diga lo contrario miente. No sé si es cierto que el tamaño de la nariz, las manos o los pies y otros miembros se corresponden, pero tiendo a pensar que es verdad, como así también es verdad que más es mejor que menos. Y también confirmé esa teoría que no sé siquiera si existe, aunque debería, que los franceses son los mejores amantes. El mismo amor que tienen por el buen vivir, la buena comida, los buenos vinos, el rico pan, el queso y todos los otros grandes placeres hedonistas, transpira en un arte de amar que no se parece al de nadie que yo haya conocido en mi no poca experiencia. Olvídense de los judíos; aunque me faltó un psicólogo.  Claro que el problema fue, precisamente en que era francés. Y esta vez como sinónimo de amoral, mentiroso, y pelotudo. Me costó perder su compañía, su cocina, su amor y sus grandes manos.