"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
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martes, 8 de diciembre de 2015

La última compra

Gracias a la desgracia de mi pobre amiga-hermana Sol, me subí a un avión y la fui a visitar. Por suerte no tuve que pagar el pasaje con plata, porque me revienta pagar pasajes. Éste, después de años de ahorrar millas, lo conseguí gratis. Tengo claro que lo rico engorda, lo bueno es caro y lo divertido (muy divertido) es ilegal o poco católico. Tanto esfuerzo para viajar como un osito de peluche en una cajita de regalo... incomodísimo. Todo lo contrario a cuando el Gordo me invita de viaje y me lleva en business. Esta es la vida que me merezco, pienso, citando interiormente a mi ex colega, María. Igual nunca tuve muy claro eso de merecer o no merecer. Mi educación más bien implicó que jamás pensase merecer mucho. O más bien nada. Todo empezó cuando era niña. Pasábamos mucho tiempo durante  las vacaciones de invierno y verano en el medio de la selva misionera acompañando a mi padre, quien por entonces construía la ruta 12. Allí, Margarita, la cocinera del campamento de vialidad donde vivíamos, hacía unas pizzas gruesas y grasosas que detestábamos tanto o más que tener que compartir todo con su hijita Yrupé. Pobrecita Yrupé no hacía nada mal, pero todo el mundo la malcriaba, en franco contraste con la educación tan estricta que recibíamos los hijos del ingeniero. Teníamos que dar el ejemplo. Un día descubrí a Margarita con su novio hablando atrás de la ventana de la cocina, pegados a la pared que daba a la selva recién cortada para abrir el claro donde se iba a asentar el campamento. Ella le gritaba --”Me llenaste de bichos!!!” Le pregunté qué qué bichos pero no me contestó. Todavía no entendía muy bien si el novio de Margarita era el padre de Yrupé o no. Y me quedó la intriga sobre a qué bichos se refería, hasta que lo pude entender.

Llegaba la Navidad y partimos con mamá al pueblo a comprar regalos. A los chiquitos los dejamos en el campamento. Yo ya era grande y ligaba estos programones. La alternativa era ir a robar naranjas en la plantación de al lado. Y después tener diarrea por comerlas calientes.  Los nombres de los pueblos que jalonaban la ruta 12 quedaron grabados en mi memoria de preescolar. Tanto que, desde entonces, cada vez los vuelvo a oír o leer, automáticamente huelo madreselvas y azahares. Oberá, Jardín América, Puerto Rico, Garuhapé, Puerto Piray, El Dorado, Puerto Esperanza, eran los nombres fabulosos de este lugar verde y óxido. Pero mi favorito y más evocador fue el último en el que recalamos antes de la fatalidad que nos hizo perder súbita y forzosamente la felicidad que nos era habitual. Wanda.  No recuerdo nada del pueblo, pero no puedo olvidar la tienda de abarrotes. Era mucho menos provista que la pulpería del campo en el sur de Buenos Aires a la que estábamos habituados. En la última había salames, vino, tiento, cojinillos, mates, matras, desinfectante y otros objetos imposibles de identificar o mejor aún de utilizar a esa altura de la vida. En cambio en Wanda había muñecas con rulos rubios con cachetes pintados con purpurina, víboras articuladas, tapires, tortugas monos  y otros animales de la selva hechos de caña, mates de metal coloreado con biselados geométricos y ropa interior de colores fluorescentes. Todo tenía colores. No como en la pampa que todo era de colores neutros. Como las bombachas blancas de algodón, las únicas que había conocido en mi vida hasta entonces.  Elegimos los regalos para que iba a traer Papá Noel: para mi la muñeca, para Manolo la víbora, para Matías una tortuga, para Mimi una muñeca de trapo. -- “¿Y para Yrupé? Uy! ¡nos falta un regalo para Yrupé! Bueno. Ya se, dijo mi madre. Comprémosle unas bombachas de colores. Una verde loro y otra amarillo canario”.  Yo pensé, todo muy selvático. Me pareció apropiado. Todo terminó satisfactoriamente. Nos subimos al auto hirviendo bajo el sol tropical de la selva misionera y manejamos por los caminos colorados bajo el sol abrasador. En esa época el aire acondicionado era un bien escaso.

Cuando estábamos por llegar al campamento, mamá frenó el auto y sin bajar, abrió la boca, tomó aire  y me dijo: “Viste que por cada acción buena que uno hace, Dios te da unas estrellitas que te guarda en el cielo. Qué te parece si le damos la muñeca a Yrupé y vos te quedás con las bombachitas ‘de estrich’.” No supe muy bien cómo negociar entre el estupor y la promesa del premio, por lo cual ante la duda opté por avenirme a la propuesta, confiada en el promesa de mi madre. Mi pobre ser de 6 años. Esa fue la fundación de mis cuitas morales, las cuales hasta el día de hoy me acosan en los momentos más inoportunos. Aunque por suerte, a veces me espabilo y hago excepciones.

Finalmente cuando mis millas me llevaron a DC, así como llegué y casi sin deshacer la valija, y antes de que me asaltaran pensamientos contrarios, me dirigí al Apple Store más cercano, y fui y me compré el iPhone más grande, más brillante, más lindo y con más capacidad. Todavía me sigo vengando del cambiazo de las bombachitas.

viernes, 7 de febrero de 2014

High Fidelity

Dentro de los propósitos que me fijé -con bastante desgano- para este año que empezó, en el primer lugar estaba dejar de fumar, cosa que he logrado hacen dos meses y medio.

Otro, que se repetía en mi lista desde hace años, y al cual no le ponía demasiada atención hasta que se hizo lugar en los primeros puestos, era escribir. Escribir algo. Sin pretensiones, sin censuras. Sólo escribir, hacer caso de eso que me salía en todos los tests vocacionales de mi adolescencia, eso que se colaba en mi mente sin saber de dónde venía. Y que cada vez que lo hacía me parecía que no me salía nada mal. Es más, cuando escribía relatos de mis viajes o aquí mismo, alguna ponderación recibía. 

Pues heme aquí, recién vuelta, por primera vez en mi vida, de un taller de escritura. Esta mañana, presa del pánico más animal y buscando la estúpida excusa del temporal, casi no voy. Pero al final conseguí forzarme a mí misma y volver victoriosa de una misión que me parecía horrible por lo difícil. 

Esta fue mi primera contribución, siguiendo la consigna de escribir, como Nick Hornby, una lista de mis 5 (favoritos?) novios. 

Y claro, la literatura al final es casi siempre sobre el amor. 

Voilá: 


El escocés. Una tarde oscura de invierno, encerrada en el cuartito de la computadora, sintiendo que todo el mundo estaba con alguien, ocupados, divertidos o no, me encontré surfeando la internet. Era la prehistoria de la red. Apenas había aparecido. La conexión era vía una línea de teléfono. Hacía ese ruidito que sonaba un poco a pito y un poco a pájaro. Sólo que más electrónico. La paciencia era fundamental. Era un ejercicio prácticamente inaudito. Pero el interés tiene pies. Así que, reprogramando la mente y el cuerpo, la mirada fija en el monitor, me aboqué a completar los cientos de casilleros que me separaban de mi hombre ideal. El bombero de Montana no me sedujo. Nunca me dejé fascinar por los uniformes ni por los servidores públicos, pero cuando leí que el sistema había arrojado, aún a pesar sus precarios algoritmos, un especialista en programación de ordenadores con una lista de libros que comprendía gran parte de la literatura clásica y moderna, casi fue una epifanía. Y era escocés. Esa nación que, en el fondo de mi alma, bullía con pocos ingredientes, pero a fuego lento y antiguo, a la lumbre de los genes y de la imaginación, esperando que una ocasión inopinada apareciera y detonara una relación profunda, larga, íntima, estrecha, vital, innegable e imposible de abandonar.

El arquitecto. Prefiero que las cosas no me sucedan, sino provocarlas. Pero esta vez fue el primer caso.  Después de un tiempo que no puedo precisar, finalmente un día, llegó a mi atención un mensaje que se repetía con una insistencia menor a la que me podría haber molestado, razón por la cual finalmente lo advertí, y más aún, contesté. Aún sabiendo que podía ser peligroso. Como el agua, que se mete donde puede, sin pedir permiso, sin violencia, pero sin demoras e inexorablemente, me dio amor, cariño, sexo sin prisa, sin competición, sin alarde,  sin libertad, sin prejuicios, sin esquemas. Al final, mientras no hable se parece bastante a la felicidad, suponiendo que eso sea encontrar lo que uno cree querer. Tiene el hábito de mirarme a los ojos, a veces con una fijeza vacía de –le digo- asesino serial. Devolver su mirada es como hacer la plancha en el mar caribe. Un azul tan profundo que parece verde, en el cual me gusta perderme hasta desear que nunca más nadie me encuentre.  Pero no me gusta que me hable. Porque no entiendo su humor, demasiado absurdo para mi literalidad, sus motivos ni sus excusas. Mucho mejor es verlo en acción y editar todo lo demás.

El castigo. Es un amor platónico, pero no por eso menos real o menos fuerte. La primera vez que caminé por el pasillo largo y angosto del famoso y antiguo estudio de abogados, con su alfombra vieja y manchada, los paneles de cedro lustrado a la goma laca muñeca, como se hacía antes, porque ya nadie tiene oficio, el primero de varios que me llamó para conocernos y conversar, fue el de la primer oficina a la izquierda, la de Wolfie.  Y habíamos sido vecinos en el mismo edificio, aunque a destiempo. Como todo el resto de nuestra relación. Nos conocimos cuando él ya había puesto primera en su vida. Más bien cuando ya estaba en 4ª y pronto a entrar en la velocidad crucero en la que se mantiene desde ese entonces, hace veinte años. O más. No obstantes todos los obstantes entre medio, cada vez que nos vemos no podemos dejar de mirarnos profundamente, aún cuando hablemos de cualquier tema. Por ejemplo de la vejez, del trabajo, de las malas elecciones de nuestros amigos comunes… Su mujer sostiene que me tiene celos pero que no se preocupa porque me conoce. Lo que no sabe es que no me conoce tan bien, ya que si yo tuviera la ocasión, ella posiblemente habría de lamentarlo.


El ingeniero Para no contrariar a Freud mi primer novio fue un ingeniero, igual que mi padre. Su cara redonda, su boquita minúscula, sus ojos grandes pero sobre todo su confiabilidad fue lo que me ganó de entrada. Que me viniera a buscar a las 9 en punto cuando había dicho a las 9 te busco me generaba un estado de maravillosa excitación que jamás le confesé. No fuera que supiera con qué poco me tenía. Lástima que le faltó amor. No en intensidad, sino en duración. Sentí que se sumió en un sopor indiferente que me ofendió en lo más profundo. Aunque el sexo haya sido probablemente el que más me haya gustado.  Era un buen candidato: atractivo sin estridencias, caballero y cariñoso, buen amante y trabajador. Pero me cambió por un barco. El día que me di cuenta que lo único que le hacía brillar los ojos era navegar, ese mismo día en que me di cuenta que no me quería así de tanto, me di por vencida y lo dejé.


El franchute. Es verdad que el tamaño importa. Quien diga lo contrario miente. No sé si es cierto que el tamaño de la nariz, las manos o los pies y otros miembros se corresponden, pero tiendo a pensar que es verdad, como así también es verdad que más es mejor que menos. Y también confirmé esa teoría que no sé siquiera si existe, aunque debería, que los franceses son los mejores amantes. El mismo amor que tienen por el buen vivir, la buena comida, los buenos vinos, el rico pan, el queso y todos los otros grandes placeres hedonistas, transpira en un arte de amar que no se parece al de nadie que yo haya conocido en mi no poca experiencia. Olvídense de los judíos; aunque me faltó un psicólogo.  Claro que el problema fue, precisamente en que era francés. Y esta vez como sinónimo de amoral, mentiroso, y pelotudo. Me costó perder su compañía, su cocina, su amor y sus grandes manos.



viernes, 22 de noviembre de 2013

Estoy tan contenta que me dan ganas de teñirme de rubia. Eso sí, no me pregunten cuál sería la relación entre una cosa y la otra. Me parece que es porque te da un aire más despreocupado que el castaño. Cuando me veo en el espejo, a veces pienso que me veo cansada y un poco apagada. 

Estoy por volver a dejar de fumar. Estoy tachando endemoniadamente tareas de mi To Do list. Incluyendo la administración pública, para quienes, básicamente, somos unos condenados a muerte, por lo cual nos tratan como tales. Completan la formación actividades antes impensadas puesto que mi tiempo y energía se los llevaban las multinacionales, cambiar la cuchilla a la licuadora, hacer arreglar la valija, averiguar cuánto sale una máquina de coser, ir a pelearme con OSDE. Pelearme con Vomistar. Pelearme con Cablevisión. Con quién más me puedo pelear? En fin, igual voy y todavía bajo el efecto escocés sonrío indiscriminadamente y soy amable. Who knew. 

En estas semanas que empecé un trabajo free lance, y, como dicen en la TV estoy llena de proyectos, en mi mejor momento. Eso que siempre me parecía un cliché y hasta un eufemismo para estar desesperadamente buscando trabajo y/o novio. Pero ahora lo puedo afirmar en toda su anchura y sé exactamente lo que se siente. 

Espero que a fin de mes me entre mi primer pago de esta nueva vida. No sé por qué me pasé tantos años encerrada en una oficina, con lo que padezco el confinamiento. Es una absoluta tortura para mí. Siempre creí que DEBÍA. Debía esto o lo otro. Quién carajos me lo dijo? Por qué me lo creí! 

Bueno, el movimiento se demuestra andando. Vamos a ver si puedo sostenerlo. 

Quién era ese que dijo que el estado de la felicidad perfecta es cuando soñamos despiertos sobre nuestra futura felicidad? Ah, si, era Pascal, me confirma el escocés. Espero no estar haciendo eso. Pero que me siento feliz, me siento feliz. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Wallpapers

Por quinta vez me paré frente a la reja de la esquina del barrio que sería perfecto si no tuviera ese ruidoso colegio, cruzando la calle. Pulsé el timbre dos veces, sabiendo aunque no tenía evidencias, que no funcionaba. También sabía que a la hora en que me esperaban, la figura del afable gigante habría salido a esperarme. Son de esas cosas que derivan de una buena educación a la antigua y cuyos códigos me sorprende conocer y más aún encuentro inefables. 

Cada visita es como un viaje al pasado. Un viaje sin traslados de tiempo ni espacio. Es como un viaje inmóvil. No sé por qué no me horrorizan los empapelados ruines o las manchas de humedad. Será porque los olores, a los que soy tan sensible, son amables. Tampoco me afecta el amontonamiento caótico de los objetos ni la poca luz. Me inspira porque evoca lo magníficos que supieron ser esos ambientes tan cargados de historias. 

La cercanía con Mmme. E. fluye con naturalidad. A veces creo estar hablando con una mezcla de mi madre o mis abuelas. Los dedos largos, las uñas pulidas y elegantes, los gestos de sorpresa, la manera de hacerse sombra con la mano cuando se encandila con los rayos de sol que entran por las ventanas amplias del escritorio, los gestos de resignación, fastidio, rabia, todos son elegantes y moderados. Jamás transmite sentimientos negativos intensos. Tienen una liviandad reconfortante. Como si nada de esas cosas tuviera demasiada importancia. Como si valiera la pena soslayar cosas banales. Justo el tipo de ejemplo de vida o consejo existencial que busco con denuedo. 

Trabajamos poco, conversamos mucho, e inevitablemente lo hacemos alrededor del lapsang souchong con locatellis de pavita hechos ex profeso, minutos antes de nuestro rendez-vous y provistos por el afable gigante que la guarda. 

Es difícil decodificar las historias ya que a veces se le escapan los conceptos. Siendo casi centenaria es el único efecto negativo, aunque no se entrega a sus limitaciones. Intenta encontrar la palabra que busca, siempre y con determinación. Quizá esa sea la fórmula. Tengo que desplegar todas mis antenas, mis sentidos y echar mano de todas aquellas cosas que estudié en el colegio, poco y mal. 

Nunca es tarde. 



martes, 29 de octubre de 2013

Recalculando

En Edinburgo no hay mosquitos. De hecho no hay insectos. No hay polillas, creo que vi dos o tres moscas, sin exagerar, que tan bien se me da. Hay ‘Daddylonglegs’ que no sé como se llaman en castellano, pero son esos bichos chiquitos con unas patas muy largas. No hay bocinazos, no hay casi crimen, no hay mugre, no hay gritos. Tampoco hay mucho sol, y es una lástima que eso me importe demasiado.

He vuelto aunque sólo físicamente. Creo que me gustaría volver pero estoy esperando a que el cuerpo me lo pida. Pero mi cuerpo esta desconectado de todo. Veo amigos y familia pero me siento un poco desapegada. Creo que me importa más lo que dejé allí.

Necesito que algo me incline la balanza, que está muy pareja apenas oscilando entre los dos platos. Me duele el arrancón potencial que implica decidir irme o quedarme. Qué será de mi. 

martes, 12 de marzo de 2013

Nunc Coepi reloaded

Martes de marzo, en el sofá de la casa de mi hermano, mirando el cielo azul, escucho alarmas y una radio lejana, el zoom de los autos y la sirena. Y yo en algo así como un sabático forzado consecuencia de haberle sacado el cuerpo al rumpelstiltskin. Eso sí, habiendo cobrado.


Qué tengo por delante no lo se; sólo intento surfear la ansiedad y los nervios de la falta de estructuras. Confío en que el cosmos me sea propicio y me muestre un camino afín a mi sensibilidad y talento. Si es que lo tengo.

Me gustaría no tener que cumplir un horario, no tener un jefe imbécil que me maltrate ni denueste. Quiero desencadenar mi potencial, perderme en las corrientes de la creatividad, volar como un globo sin piolín.

Ínterim me ocuparé de cuerpo, casa y vehículo. Renovaré festejante y a empezar de nuevo. A ver si esta vez me sale mejor. Como diría mi peor es nada ‘Practise makes perfect’.



Ahora


lunes, 2 de mayo de 2011

Slipstream

Además del sueño recurrente del que me despierto afiebrada porque tengo la boca ahíta de alfileres con las puntas hacia afuera, sufro de otro que es aventurarme por calles desconocidas y perderme aunque todo me resulte familiar. A veces tienen total sentido estos sueños. Estos últimos días, sobre todo el segundo. Me pasan demasiadas cosas que me es imposible procesar. Quiero y no puedo acomodarlas en mi mente, entenderlas y obrar en consecuencia y con orden, lógica y sensatez.

En esta breve temporada me visitó mi caballero andante. Su armadura es flexible pero huele bien, su espada me traspasa, sus palabras me serenan. Su abrazo me da paz y amor. Todavía no me decido si soy muy cobarde o muy sensata.

Pero entonces me decido por no hacerme caso y fluir. Y ver qué me depara el destino, sin querer que éste se ajuste a lo que yo quiera.

jueves, 7 de abril de 2011

Cambia, todo cambia.

Afuera está bochornoso y tengo las manos, pies y nariz fríos, casi helados. Y está nublado. Tengo frío y todavía ni siquiera está demasiado avanzado el otoño.

Se avecina una temporada donde los inmensos cambios que se producen a mi alrededor van tomando forma, mientras yo me hago la distraída para no caer presa de la angustia ni, dentro de lo posible, la ansiedad.

En un plazo mediano mi trabajo en esta empresa románica que me da tantos beneficios -que me da pudor enumerar y me pregunto si habré apreciado mis ventajas lo suficiente y me respondo que creo que sí, que bastante-, llegará a su fin. Al menos como lo conocía.

Además, en el futuro inmediato llegará mi caballero andante y extranjero. Convinimos tener una conversación bastante definitiva la cual yo soy la primera en querer esquivar.

Interim otros acontecimientos sociales y familiares me empujan hacia un cierto protagonismo que rehuso.

Pero como leí hace un rato, hablar y pensar a veces es contraproducente. Con lo cual voy a seguir con mi navegación a tientas, hacia donde me lleven las corrientes. Quién sabe. Quizá sería mucho más sensato y trajera bienaventuranza.

martes, 26 de octubre de 2010

Moviendo el Carro

Floreció el lapacho rosado de Elizalde (¿era Elizade?), subieron dos centígrados y los hombres surgieron de su letargo como hongos después de la lluvia. Pero las mujeres, o al menos yo, también estamos diferentes. Dos grados más y me cuesta levantarme y me siento perezosa aunque tengo ganas de arrojarme irracionalmente a nuevas aventuras. Como dice Mixmi, he estado agazapada, pero de repente ¡zas!

Ayer, después de otro día anodino en la oficina, me calcé el deportivo y me fui al Rosedal. No me sorprendió tanto, pero había mares de gente. Hasta un idiota que decidió que el medio del circuito es de su propiedad y de las cuatro veces que lo crucé, dos casi me atropella. Hoy voy a ir de nuevo y si puedo le hago una zancadilla.

Cualquier cosa con tal de no llamarlo al francés.

jueves, 26 de agosto de 2010

Tail Wind

Algo cambió o está cambiando. Los clichés por previsibles no son menos ciertos. Después de grandes cambios ó crisis, una vez que una puede sacar la cabeza del agua y despues de recuperar el aire y volver a respirar normalmente, hasta relajadamente, cosas buenas empiezan a suceder.

A veces me veo tan lerda por no ver o aceptar las cosas antes - incluso cuando hacerlo me reportaría un inmediato beneficio!

Anyway. Despues de una temporadita en el infierno de nuevo me siento 'quite myself again'. Tengo energía, inspiración, y cierto valor para encarar cosas. Y de encararlas con menos angustia.

Quizá es la aproximación inexorable de mi cumpleaños número cincuenta.

miércoles, 9 de junio de 2010

A La Mierda Con Los Faroles

Estoy sumida bajo una montaña de angustia que me ahoga y siento que en cualquier momento puedo explotar. Me están sucediendo tantas cosas a distintos niveles, que si no me desahogo creo que me va a dar algo.

Hace trece días el ciudadano galo que conocí hace dos años y tres meses, si mis cálculos no fallan, reapareció, anunciando que ahora era libre. Ipso pucho iniciamos un romance apasionado y épico, como de novela francesa. Algunos días le cociné aún a pesar de la aprensión que me daba someter el fruto de mi dedicado esfuerzo a su criterioso paladar; otros cocinó él delicias como 'Crème Dubarry'. Ordena, hace la cama, lava los platos, acomoda el living. Me ayudó con la mudanza de la casa de mi madre, cargó cajas, embaló porcelanas y cristales. Por las noche me pregunta "veux tu venir à mes bras?. Y por supuesto, encuentro esa invitación del todo irresistible. Tiene un talento de proporciones titánicas y aunque es difícil, cuando actúa, me manda a las extragalaxias. Además me abraza mucho, me acaricia la piel en su entera extensión, y me llena de besos a la vez que me dice palabras dulces como 'coquinette'.

Pero siempre está ese pequeño detalle y es su ¿ex? No está fuera de la foto de modo absoluto, como me gustaría a mí, sin llamados ni pedidos de servicios. Sostiene que es difícil, que está en brete apretado.
Adoro la certidumbre, y sin embargo, me veo forzada a navegar en las aguas oscuras y viscosas de la duda permanente. !¿Por qué no puedo fluir?! ¡Porque mis entrañas les gustan las cosas claras!. Si! Blancas o negras!

jueves, 3 de junio de 2010

Virazón

Dicen que los extremos se atraen. Siempre fui amiga de los extremos y de las atracciones irremediables. En esta temporada pasé, sin solución de continuidad, de sentirme casi miserable, a no poder creer que mi suerte podría llegar a cambiar tan radicalmente. Las uvas están verdes, pero las perspectivas son tan buenas, que me invade simultáneamente un miedo pánico de que esto sea fruto de mi poderosísima imaginación.

martes, 18 de mayo de 2010

Algunas cosas, realmente, no tienen precio

6:00AM Me despierto con 'Señal de Ajuste' en La Metro. Buena música, hablan poco.

6:45AM Me presento en Colombia 4300 y me dispongo a hacer cola, cosa que se encuentra dentro de las que más detesto en este mundo, junto con sacar fotocopias. Es de noche y hay mosquitos. Me doy cuenta cuando me miro las piernas y sobre las medias negras tenía multiples manchitas pardas disfrutando del precioso líquido.

7:20 Me atiende señorita bastante amable, quien me retiene los documentos y me dice que espere mientras los procesa y me hace esperar en una segunda cola. Mientras los zancudos siguen disfrutandonos a los que esperamos al sereno. Avanzo.

7:30 Ingreso al fuerte del imperio extranjero. Me franquean la entrada cuatro guardias de seguridad por suerte, autóctonos. No había llevado teléfono móvil porque lo había leído en la interné, ni otros artículos electrónicos por la misma razón, ni desodorante ni perfume porque ya me había puesto. Pero me hicieron dejar las llaves del auto, un pendrive con mis archivos más preciados, y los cigarrillos, que menos mal que estaban cerrados. Si no era para fumárselos, ¿para qué los querrían? Me preguntan si tengo plata, les digo que estoy forrada. Me preguntan si estoy casada y les digo que no, que sino por qué creen que tengo tan buen humor a estas horas intempestuosas. Avanzo.


7:40 Me atiende otra señorita, igualmente amable, quien me dice que tengo el numero 132. Dice que los primeros cien los entregan a discapacitados, viejos y madres. Y que a partir de los cien atiendel al resto. Le pregunto si por mi avanzada edad no me debería dar un número entre los primero cien. Dice que no. Me toman las huellas dactilares. Espero los 32 números que me separan de mi cita,más los siete de los ancianos, discapacitados, y madres (qué asociación más tremenda) soportando el olor de una ciudadana cubana sentada a mi lado, que se había inmerso -previa visita al consulado- en un perfume rancio y pasado de moda, hasta que al final suena mi turno.

8:50 Me atiende un Mike, porque no se podría llamar de otra manera. Me pregunta a dónde pienso ir, le digo NY, me pregunta cuánto tiempo, le digo unos quince días Dior mediante. Me dice a qué, le digo vacaciones. Me pregunta si estoy casada (¿qué les importa?). Me pregunta dónde trabajo (obviamente ya sabía que trabajo y dónde y cuánto gano y unos cuantos datos filiatorios más, le contesto que en una empresa que adminstra autopistas. ¿que adminstra qué? AU-TO-PIS-TAS. (No sé si por sordo o por yanki que no entendía). Me preguntó dónde vivía y le contesté descaradamente A LA VUELTA. Ah vecinos, me dice. Si, contesto.

9:00 Bueno, pasá por DHL para pagar el envío. Tenés otorgada la visa.

Todavía estoy un poco atónita por que no sé qué salió bien cuando iba munida de toda la artillería posible, por si me la pedían.

Ahora me voy a tener que ir de viaje, nomás.

martes, 2 de febrero de 2010

Alto Verano -- otra vez

Esta temporada del año para mí es siempre un poco rara. Recién vuelvo de vacaciones, durante las cuales se supone que uno descansa y se diverte. Lo segundo no siempre. Y debería forzar la descripción para calificar mi corto veraneo de divertido. Eso sí, descansé. Un poco

Pero volver a la gran urbe, que el ritmo sea lento, tedioso y pegajoso no me ayuda a encarar el año. Además es muy temprano para encararlo con bríos. No me dieron ganas aún de hacer mi listita de "dos and don'ts", ni tan siquiera.

Durante esta luna más se me da, a fuerza de sentirme aburrida y ansiosa, hacer macanas. Por ejemplo pasar revista de mis antiguos flings. Hoy almorcé con Alito grande. Alito es un muchachote tano y vehemente con quien somos amigos desde hace casi una docena de años. Tuvimos privilegios pero hace años nos respetamos -- demasiado. Estaba tan buenmozo con su pelo algo largo y peinado para atrás... Mantuvimos un almuerzo interesante, intenso, donde no nos dijimos nada de lo que pensabamos, en aras de la civilidad.

Lo bueno es que me subió un poco la bilirrubina y por ahí me entusiasmo y me pongo un poco a tono a ver si encuentro un huesito o más bien un fémur que me mantenga entretenida por tiempo indeterminado.

martes, 29 de diciembre de 2009

Me tomo el buque

Lo primero que voy a hacer en cuanto llegue y en cuanto sea una hora decente, será tomarme una caipiroska mirando al mar, pies hundidos en la arena. Olvidaré todas mis penas, pensaré en los que estan lejos y quiero y me divertiré con mis concubinos hasta pasada la primera quincena del año nuevo.

Me alejaré por un rato largo de este, mi favorito y tumultuoso mundo virtual. Voy a abocarme, por un rato, al mundo de los vivos. Flores de vivos, eso sí.

Cuando vuelva, prometo haber concluido mi temporada acongojada y volver con -si no nuevos brios, el propósito de reanudar escribir aquí.

Cariños, Cacho.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Las vueltas de la vida

Hace unos años, en mis años mozos, quemé las naves y me fui a vivir al interior a trabajar en un colegio que se abría como profesora de arte. Me habían dado todas las horas disponibles. Allí partí a la aventura, con mi flamante título y con menos calle que Venecia. A poco me di cuenta que si bien me había ido muy bien con las materias pedagógicas odiaba enseñar, en el aspecto de que no tengo la paciencia para acompañar el proceso de aprendizaje. Además ya hacía varios años que trabajaba en empresas y tenía otro 'look'. En eso un grupo de emprendedores había comprado dos radios emblemáticas y las estaban relanzando (se avecinaban los 90) y buscaban a alguien como yo. Fue uno de los trabajos más divertidos que hice en mi vida (¿¡qué digo?! EL MAS DIVERTIDO). Allí en teoría era la secretaria del directorio de la radio, pero traducía los programas de Casey Kasem (el American Top 40), grababa avisos para AM (Planchas Silmir - con la musica del tango ... 'planchar es un placer') y hacía de intérprete en la temporada del Rally y del Motocross en las sierras.

Muy cercano a todos era Emeterio, quien representaba bandas de cuartetos top - De la Mona Giménez para abajo. Emeterio a.k.a. Farías, y su ad láter 'El Chaucha' Siempre me querían hacer cantar. Yo lo consideraba muy por debajo de todos mis niveles existenciales y siempre les eché flit.

hoy en día, muchos pero muchos años más tarde, me arrepiento, y me pregunto por qué fui tan cobarde y cagona y al menos no lo intenté. Quién sabe qué habría pasado. Cuanto menos una bailantera más fallida. Cuanto más... las opciones habrían sido casi como insospechadas.

Un pensamiento me recordó esta canción, y la canción todo lo ut supra. Enjoy


lunes, 28 de enero de 2008

sábado, 19 de enero de 2008

It's Raining Men?

Hoy fui a reaprovisionarme después de dos semanas de ausencia en mi hogar - no tenía ni lo más básico. Y compré lo indispensable, no obstante lo cual gasté una pequeña fortuna. Pero no me pude sustraer a una botellita marrón de forma inconfundible, con etiqueta amarilla con letras rojas que reza 'Maggi'! Hacía una vida que no me topaba con ella. La famosa salsa Maggi...! La compré más por razones sentimentales que por cualesquiera otras.

También adquirí, para reponer, unos platos. Son de cerámica china y me recuerdan a unos celestes que había en la casa de mi abuela, donde viví hasta los l8 años. Qué manera de regresar a visitar la infancia y el pasado siempre... Dicen que siempre buscamos recuperar las cosas que nos resultan familiares.

Pero también me gustan las cosas nuevas como 'The Bird & The Bee', 'The Kings of Convenience', 'José González' y otra música 'motterrrrna'. Estuve visitando nuevas galaxias. Tengo un nuevo amigo, pintor, Juan. Ayer pasé una tarde muy agradable mirando sus pinturas, sus inventos, tomando ron con jugo de naranja de envase de cartón y unos fasitos de la planta que cultiva en su mismísimo jardín de Nueva Pompeya. Había estado hacía poco en la verdadera Pompeya. Todo un soñador. Quiso que me quedara; pero como soy bastante recatadita, decliné amablemente y me volví de allende los barrios. Qué chuncana seré que recién cuando vi Córdoba me sentí que estaba en terreno cristiano otra vez.