"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
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jueves, 10 de diciembre de 2015

El Chiflido



Una de las características que más me emocionan de mi iPhone, el cual se ha transformado en casi mi mejor amigo, son los sonidos que puede emitir. Los he configurado de acuerdo a cómo suenan, asigándolos a personas, eventos o recordatorios, según su parecido, capacidad evocativa, o necesidad de alertarme, especialmente o literalmente. Así, a mi amiga Silke que vive en el campo, le asigné un perro que ladra, a mi cuñada que se llama Patricia, le aloqué un pato, a mi hermano cuyo temperamento es generalmente tranquilo, grillos. Y a mis más favoritos, como por ejemplo a mi amado, el que se llama Robin Hood, a mi hermano cura, el arpa, al escocés que hace mis delicias, un silbido. El que suena como “fi-fiu”. Cada vez que recibo un mail suyo, por ejemplo, me chifla. Está devaluado el silbido. Me encantan los silbidos. Toda la vida me gustó silbar mientras caminaba, me bañaba, estaba sola, triste, angustiada o desesperada. Me tranquilizaba silbar. Pero después de que me pusieron una corona en la paleta, no puedo silbar como antes, cuando podía entonar perfectamente música más o menos o bastante elaborada. Mi madre, de chica, me lo combatía y de adolescente lo condenaba, por no ser femenino, elegante, o algún otro desideratum, para mí anacrónico. Me hacía gracia porque la gente creía que estaba contenta. Pero generalmente era todo lo contrario. Esa música me reconfortaba, me levantaba el ánimo. Lo atribuyo, aún so riesgo de resultar demasiado psicoanalizada, a recuerdos de mi más tierna infancia, esa fuente inagotable de buenas experiencias, frescas, fragantes y luminosas. Dicen que quien tuvo una infancia feliz sobrelleva las amarguras de la vida con más facilidad. Estoy totalmente de acuerdo. Y si no es cierto, en cualquier caso, para mi si.Mi primer encuentro consciente con el silbido seguramente era mi padre. Él pasaba largas temporadas fuera de casa, lejos de su mujer y sus cuatro hijos, quienes vivíamos alegres y holgados en una casa con escaleras, sótano, terraza, cuarto de plancha, cuarto de la caldera, montacargas y otras facilities que ninguno de nuestros amigos del colegio tenían en su casa. Siempre era un programón venir a jugar a casa con tantas atracciones y diversiones. Como por ejemplo cuando subíamos y bajábamos a los hermanos menores en el ‘ascensor’, que se movía gracias a un sistema de cuerdas y poleas cuyo funcionamiento sólo entenderíamos más tarde en el secundario. Otra atracción era el office con forma de corona, otra noción, esta vez geométrica, que aprenderíamos a pesar de la resistencia a la escolarización. Allí papá se preparaba unos desayunos pantagruélicos en las madrugadas. Tenía una sartencita mínima donde se hacía panceta y huevos fritos con salsa Worcestershire y Tabasco, ante nuestra infinita fascinación. Ahí también nos gustaba escondernos, o espiar a la señora de Cambaceres, cuya casa, al lado de la nuestra, en nuestra mística infantil, y a juzgar por la mugre que se veía en su patio, estaba superpoblada por ratas y otras alimañas. A pesar de eso siempre nos alentaban a que fuéramos corteses con ella. Era vieja; quizás por eso las dos cosas.Papá tenía todo tipo de características fascinantes. Las cosas que él hacía no las hacía nadie más que yo conociera. Usaba breeches, lustraba celosamente siempre sus propios zapatos, los cuales guardaba celosamente en un botinero ad-hoc. Tenía sus propios cepillos y betunes, separados por color. A nadie se le ocurría tocarlos. Cuando volvía del campo se pasaba un rato largo lustrando sus zapatos negros, color suela, otros medio borgoña… También volvía de sus viajes con unos trofeos extraordinarios: una horma gigante de queso Santa Rosa a la cual le hacía un agujero con el taladro y lo mojaba con jerez para hacer copetines e invitar a sus amigos, quienes se lo devoraban, acompañándolo con whisky y otros licores de colores que también formaba parte de su dote. Esto sí que nos estaba vedado. Había un licor verde. Y otros amarillos ámbar, de olor intenso, que de más grande me encantan como el Cointreau o el Drambuie. También, bajo llave, estaban esas botellas de cristal con tapa de plata que cuando había fiestas salían a relucir, se lustraban y presentaban, pero sólo podían maniobrar los grandes. O papá cuando llegaba de sus largos viajes.Cuando llegaba a casa después de muchos días de ausencia -cuando se iba a Misiones, o al Sur de la Provincia de Buenos Aires, o a Paraguay, o a Brasil, supervisando las rutas que construía la compañía en la que trabajaba, sucedía un rito. La casa donde vivíamos tenía tres pisos, o cuatro según se contaran: el sótano, con la caldera, la planta baja, con el hall de entrada, el paraguero de bronce con ramas secas, el mueble de arrimo, la lámpara de la abuela, y el grabado de “Paris à voil d’oiseau” que siempre estudiábamos. Se veía linda esa ciudad. Y la escalera. En el primer piso un hall de entrada con un mueble de caña y esterilla, cuya función era sostener temporariamente objetos -hoy en desuso: sombrillas, sombreros, paraguas, sobretodos. Claro, antes hacía más frío, también. El living con chimenea y trumeau, el escritorio con la pintura de ese ancestro con moñito, canoso, de ojos grises y nariz y labios filosos, que me miraba fijo cuando yo se suponía que tenía que estudiar, y con quien mantenía un duelo mudo y resistente, fruto del cual nunca estudiaba a pesar de aparentarlo. El comedor tenía forma, siguiendo con la geometría del círculo o circunferencia, de sector. Tenía dos lados rectos y uno curvo. El pasillo amarillo largo y angosto con las fotos de varias generaciones, y el famoso botinero; el cuarto de vestir de mi padre, pintado de verde manzana, sobre el cual resaltaban los muebles antiguos, el par de perfumeros de vidrio esféricos con estrías que tenían perfumes con nombres fascinantes como ‘Carnaval de Venice’. Luego el cuarto de mis padres y el cuarto de costura, donde mamá sobre todo hacía sus traducciones. Los roperos amplios en el primero del cual, el de al lado de la ventana donde me dieron mi primera lección de educación sexual, sin remilgos ni soeces, guardaba los cigarrillos Peter Stuyvesant o Benson & Hedges que papá compraba en Brasil y que en esa época eran toda una extravagancia, sobre todo porque tenían ‘marquillas’ metalizadas doradas, coloradas, blancas con verde y amarillo si mi memoria no me engaña.Arriba estaba el hall donde comíamos los chicos, los cuartos de las mujeres, los de los varones, la cocina, los cuartos de servicio, el lavadero, el cuarto de plancha y la terraza, la fortaleza donde nuestras fantasías podían desarrollarse ayudadas por la arquitectura de tanques, caños, puertas, canaletas, rejas, balaustres, etc. Cuando estábamos en la terraza no oíamos el timbre. Ni nos enterábamos si alguien venía hasta que nos llamaban a los gritos para que bajáramos a saludar. Pero en general, cuando ya anochecía, los ruidos bajaban los decibeles, la luz se iba escapando, y ya nos habíamos bañado, puesto los piyamas de viyella y las robe-de chambres de corderoy azul marino con las iniciales de cada uno, cuando nos habíamos peinado y lavado los dientes y antes de comer, entonces y sólo entonces era cuando oíamos las llaves en la puerta de abajo - sin darnos cuenta del aspaviento premeditado - y oíamos esas notas que, cincuenta años más tarde todavía recuerdo y son mi deleite. Fü fü fï füfú Fïï!!!!!

martes, 8 de diciembre de 2015

La última compra

Gracias a la desgracia de mi pobre amiga-hermana Sol, me subí a un avión y la fui a visitar. Por suerte no tuve que pagar el pasaje con plata, porque me revienta pagar pasajes. Éste, después de años de ahorrar millas, lo conseguí gratis. Tengo claro que lo rico engorda, lo bueno es caro y lo divertido (muy divertido) es ilegal o poco católico. Tanto esfuerzo para viajar como un osito de peluche en una cajita de regalo... incomodísimo. Todo lo contrario a cuando el Gordo me invita de viaje y me lleva en business. Esta es la vida que me merezco, pienso, citando interiormente a mi ex colega, María. Igual nunca tuve muy claro eso de merecer o no merecer. Mi educación más bien implicó que jamás pensase merecer mucho. O más bien nada. Todo empezó cuando era niña. Pasábamos mucho tiempo durante  las vacaciones de invierno y verano en el medio de la selva misionera acompañando a mi padre, quien por entonces construía la ruta 12. Allí, Margarita, la cocinera del campamento de vialidad donde vivíamos, hacía unas pizzas gruesas y grasosas que detestábamos tanto o más que tener que compartir todo con su hijita Yrupé. Pobrecita Yrupé no hacía nada mal, pero todo el mundo la malcriaba, en franco contraste con la educación tan estricta que recibíamos los hijos del ingeniero. Teníamos que dar el ejemplo. Un día descubrí a Margarita con su novio hablando atrás de la ventana de la cocina, pegados a la pared que daba a la selva recién cortada para abrir el claro donde se iba a asentar el campamento. Ella le gritaba --”Me llenaste de bichos!!!” Le pregunté qué qué bichos pero no me contestó. Todavía no entendía muy bien si el novio de Margarita era el padre de Yrupé o no. Y me quedó la intriga sobre a qué bichos se refería, hasta que lo pude entender.

Llegaba la Navidad y partimos con mamá al pueblo a comprar regalos. A los chiquitos los dejamos en el campamento. Yo ya era grande y ligaba estos programones. La alternativa era ir a robar naranjas en la plantación de al lado. Y después tener diarrea por comerlas calientes.  Los nombres de los pueblos que jalonaban la ruta 12 quedaron grabados en mi memoria de preescolar. Tanto que, desde entonces, cada vez los vuelvo a oír o leer, automáticamente huelo madreselvas y azahares. Oberá, Jardín América, Puerto Rico, Garuhapé, Puerto Piray, El Dorado, Puerto Esperanza, eran los nombres fabulosos de este lugar verde y óxido. Pero mi favorito y más evocador fue el último en el que recalamos antes de la fatalidad que nos hizo perder súbita y forzosamente la felicidad que nos era habitual. Wanda.  No recuerdo nada del pueblo, pero no puedo olvidar la tienda de abarrotes. Era mucho menos provista que la pulpería del campo en el sur de Buenos Aires a la que estábamos habituados. En la última había salames, vino, tiento, cojinillos, mates, matras, desinfectante y otros objetos imposibles de identificar o mejor aún de utilizar a esa altura de la vida. En cambio en Wanda había muñecas con rulos rubios con cachetes pintados con purpurina, víboras articuladas, tapires, tortugas monos  y otros animales de la selva hechos de caña, mates de metal coloreado con biselados geométricos y ropa interior de colores fluorescentes. Todo tenía colores. No como en la pampa que todo era de colores neutros. Como las bombachas blancas de algodón, las únicas que había conocido en mi vida hasta entonces.  Elegimos los regalos para que iba a traer Papá Noel: para mi la muñeca, para Manolo la víbora, para Matías una tortuga, para Mimi una muñeca de trapo. -- “¿Y para Yrupé? Uy! ¡nos falta un regalo para Yrupé! Bueno. Ya se, dijo mi madre. Comprémosle unas bombachas de colores. Una verde loro y otra amarillo canario”.  Yo pensé, todo muy selvático. Me pareció apropiado. Todo terminó satisfactoriamente. Nos subimos al auto hirviendo bajo el sol tropical de la selva misionera y manejamos por los caminos colorados bajo el sol abrasador. En esa época el aire acondicionado era un bien escaso.

Cuando estábamos por llegar al campamento, mamá frenó el auto y sin bajar, abrió la boca, tomó aire  y me dijo: “Viste que por cada acción buena que uno hace, Dios te da unas estrellitas que te guarda en el cielo. Qué te parece si le damos la muñeca a Yrupé y vos te quedás con las bombachitas ‘de estrich’.” No supe muy bien cómo negociar entre el estupor y la promesa del premio, por lo cual ante la duda opté por avenirme a la propuesta, confiada en el promesa de mi madre. Mi pobre ser de 6 años. Esa fue la fundación de mis cuitas morales, las cuales hasta el día de hoy me acosan en los momentos más inoportunos. Aunque por suerte, a veces me espabilo y hago excepciones.

Finalmente cuando mis millas me llevaron a DC, así como llegué y casi sin deshacer la valija, y antes de que me asaltaran pensamientos contrarios, me dirigí al Apple Store más cercano, y fui y me compré el iPhone más grande, más brillante, más lindo y con más capacidad. Todavía me sigo vengando del cambiazo de las bombachitas.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Todo culpa de la bergère

Esta mañana cuando me levanté salí a ver el termómetro, porque sé que los medios, con esa manía argentina de manipular la realidad, siempre agregan dos grados en el verano y sacan otros dos en el invierno a la temperatura verdadera. Al abrir la ventana empujé con el trasero una 'bergère' que ahora tengo en mi casa que era de mi madre, antes de mi abuela, y no se si de alguna otra generación. El ruido que las patas robustas hicieron al arrastrarse por el piso de madera me llevó inmediatamente desde ese estado de semi-vigilia a la casa de mi abuela paterna, Máma. Cuando yo tenía poco más de una década, iba los domingos a dormir a su casa. Cuando me acostaba, en un cuarto para mí sola, en un barrio más ruidoso que el mío - o al menos con ruidos distintos, como los autos bajando por la barranca, y la ausencia de pisos crujientes, me costaba mucho dormirme, así que no me gustaba tanto ir. Además en el desayuno, prolijamente preparado eso sí, había café instantáneo aunque hubiera manteca. Y a mi me gusta el café de filtro, bien fuerte, ya desde entonces. Pero lo que sí recordé esta mañana fría de otoño porteño, fueron los olores de esa casa. El olor a cera de los pisos. El olor a los buñuelos de seso y de consomé. El olor de los radiadores detrás de las protecciones de madera. El jabón de tocador de La Franco-Inglesa. El aroma embriagador de felicidad de 'L'Air Du Temps'.

Indisolublemente unidos al recuerdo de los olores está el grabado en mi cerebro la colección de pastilleros que posaban estoicos sobre la repisa a la entrada del living. Los había de cerámica y de metal con esmaltes de muchos colores. Muchos eran color turquesa, igual que los perros chinos que hoy me encantaría tener en mi propio living. Otros tenían florcitas rococó. Estaban los redondos, los ovalados, los cuadrados y los rectangulares (o con forma de prisma debería decir) Pero todos en la tapa tenían motivos diferentes. Unos eran tallados, otros repujados y otros pintados. ¡Y todos se podían tocar!

La colección de pastilleros podría ser una metáfora de abuela: extremadamente refinada, con ese refinamiento que se hacía más glorioso por su falta de pretensión, de pose. Y por su firme modestia.

jueves, 8 de abril de 2010

Meandros de la Mente

Estuve una semana en mi pueblo favorito, aprovechando la festividad Pascual. Disfruté largas caminatas por las playas solitarias, saqué fotos que me salieron bastante bien. Pero volví y el aire acondicionado de la oficina full throttle me consiguió una gripe llena de mocos y noches con pesadillas. Además mi querido amigo Pancho, volvió de emergencia de Londinium porque su padre esta gravemente enfermo. Las largas conversaciones con él se nota que activaron algo en mi mente.

Anoche produjo una imagen de mi padre tan nítida como nunca jamás lo había soñado en treinta años. Tenía su pelo castaño claro peinado hacia atrás, estaba recién afeitado y olía su Carnaval de Venise, hablaba un poco de lado mostrando parcialmente sus dientes blancos y bien alineados como así también su ser un poco socarrón y su voz musical e hipnotizante. No la pude dejar de reconocer. Y me abrazaba.

La llamo a mi hermana para compartirlo con ella y me desdijo. Según ella, no era mi mente -a la cual yo le atribuí cualidades inefables por las cuales rescataba datos muy detallados archivados cuidadosamente en un resguardo secreto-, sino que me había visitado él mismo en persona, el merísimo Manuel Isaías, que tan joven nos dejó.

Por suerte todavía tenemos su guitarra.

viernes, 17 de julio de 2009

El Gusanito


Adoro descubrir el rastro de las asociaciones libres y frescas de la mente. Mi trabajo en una compañía de gestión de infraestructuras parece algo tan lejano a mi carácter, aficiones, gustos etc... Y sin embargo para mi es como tomar un buen vino. Tiene unas notas profundas y fragantes, que me provocan felices recuerdos. Como por ejemplo cuando alguien se refiere al 'peraltamiento'.

En un caso claro de aceptación irremediable del complejo de edipo más básico, asocio esos eventos a mi padre, un ingeniero civil que como no percibía tan fácilmente cuando era chica y le preguntaba por qué había elegido esa carrera, me contestaba -"¡Porque me gusta!"

Su pasión por caminos y rutas y puentes y autopistas se colaba en la conversación cotidiana. Cuando alguien o algo era muy pesado se refería a eso ó a él como 'acero-cromo-molibdeno'. Nunca pasábamos por una obra vial sin que nos llamara la atención sobre detalles de construcción, con sus nombres específicos. Desgraciadamene mi memoria no es tan buena y no me los acuerdo. Pero el hormigón, el bitumen y otras palabras con sonidos contundentes musicalizaban los viajes en aquel veloz Torino primero blanco crema y luego rojo intenso metalizado en el que recorrímos la ruta 3 o la 14 de punta a punta. Cuando esos viajes llevaban días.

martes, 17 de febrero de 2009

El Resto de Mi Vida está empezando

Y bueno. Tengo el corazón lleno de agujeros, pero acá estoy retomando algunas cosas.

Vacaciones pocas y a cuentagotas y sin mucho disfrute o diversión. Sí algo de descanso. Y estoy a punto de revolear al shrink. La verdad me rompió las pelotas con su afán de decretar que el duelo no puede durar más de 6 meses. Muy poco humano. O claramente no sabe de qué habla.

En fin. Retomando los recuerdos gratos y el primer objetivo de este blog que es consignar algunos recuerdos sobre todo de nuestro padre, ya que hay pocos y se valoran entre mis hermanos menores y mis sobrinos que no lo conocieron.

Las cosas que más me gusta recordar era cuando lo acompañábamos a hacer las cosas que más le gustaban a él. Comer y andar a caballo creo que estaban en tu top 5.

Me gusta acordarme cuando nos pasaba a buscar por el colegio y nos levantaba con uniforme y 'valijas' (en esa época no había mochilas) y agarrábamos la ruta 2 con destino a Lobería, ese nombre tan evocador que provocaba unas imágenes no sin temor. Parábamos en Al Ver Verás (y qué se suponía que teníamos que ver, todavía me pregunto, como entonces...) Llegar de madrugada al campo. Hacía frío inesperadamente. Había neblina. Todos dormían y para no despertarlos dejaba los faros del auto prendidos hasta que encontrábamos las puertas de cada cuarto, aquellos que prolijamente se abrían a la galería en U, rodeada de hortensias, rosas, santaritas y jazmines. Era una felicidad despertarse la mañana siguiente oyendo los pasos de papá caminando en sus alpargatas viejas usadas como chancletas, pululando por las galerías, mientras todavía todo el mundo dormía. Me hacía feliz despertarme y encontrarme con las hordas de primos que nos esperaban ávidos. O que iban llegando a medida que avanzaban los días y éstos se volvían más cálidos. Era fabuloso tambien observar que la estación iba cambiando hasta tornarse más fresca y todavía estábamos estacionados en la antigua estancia. Hasta nos llegábamos a aburrir despues de tanto tiempo veraneando. Ahora ya no se usa el término veranear, porque los más aventajados vacacionan un par de semanas a lo sumo. Recuerdo que mi padre nos decía: 'no se dan cuenta de lo privilegiados que son de poder pasar tanto tiempo de vacaciones en un lugar tan lindo'.

sábado, 8 de noviembre de 2008

De Dónde Venimos

(1) Mi bisabuela regia y sus primeros muchos bisnietos - mis primos, en el Parnaso.

(2) Mi abuela y sus hermano - mis tíos-abuelos.

(3) Creo que es el abuelo de Solitario, ¡disfrazado de un Papá Noël rural hace muchos pero muchos años!





miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mocasines de potro y ciervo en Bancalari

Mi padre era una persona feliz. Disfrutaba de la vida, de sus cosas simples. Había heredado de su familia materna un amor a lo dionisíaco. Los que lo rodeaban, lo adoraban casi con arrobo místico. Tocaba la guitarra, era simpático, seductor, elegante, educado, tenía unos ojos entre azul y celeste que encandilaban a las mujeres (de a muchas) y era petiso. Y afirmaba que no era más alto porque sino habría sido insoportable por sentirse directamente perfecto. Cuando su madre enviudó a los 44 años con 8 hijos, se acodó a su lado y la apoyó, al menos no provocándole dolores de cabeza. Mi abuela tenía debilidad por él bastante alevosa. Bailaba súper bien, estaba lleno de energía. No le sacaba al cuerpo ni al trabajo, ni a la familia ni a la diversión ni a los amigos. Sus múltiples hermanas tenían por él también una mirada muy admirada. Era la luz de los ojos de toda la familia de primer y segundo grado, creo que sin exagerar.

Cuando tenía 15 años, contaba mi madre, una vez cuando ella iba a bañarse en el mar, soportando apenas la arena hirviente, él se acercó, le ofreció unas alpargatas de cuero de potro cosidas a mano, y le dijo "Un día nos vamos a casar".

Diez años más tarde cumplieron su promesa, después de que mi madre le hiciera verbalizar su condición de 'novios', previos desplantes varios e ida de reconciliación a comer ciervo a Bancalari, cuando Bancalari era un sitio más bien remoto y más bien exótico.

Recién casados se mudaron a un pueblo de Entre Ríos, a donde había que ir en balsa. Mi padre trabajaba por la zona supervisando obras de ingeniería. Allí nacimos los tres hermanos mayores. Cuando nació el tercero nos mudamos a Paraná y cuando yo empezaba 1° grado vinimos a la gran ubre.

Allí nos instalamos en aquella casa que posteé en los primeros post de esta bitácora. Vivimos allí hasta que murió mi padre, yo estaba por cumplir los 18.

La aparición en el blog de Solitario, francamente fue providencial. Mi intención original era relatar recuerdos de la infancia, y medio había perdido el rumbo. Ahora con un comentario, se me prende la lamparita y puedo traducir la intención en acción en pocos segundos. Aunque la verdad es que no tengo todo el tiempo que me gustaría. Y como dice mi lema desde hace como 18 años... lo mejor es enemigo de lo bueno. Con lo cual aquí fue lo suficientemente bueno. Por ahora.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Sin Whisky (que no tomo) (aún), ni faso.

El Solitario de Perelandra, comentador inopinado y reciente, bien supo provocar mi pluma (o mi teclado, lo que es lo mismo) pidiéndome que hable de mi abuela.

Mi abuela paterna fue fascinante y entrañable en partes iguales. Era una mujer de estatura justa. Justa para escaparle a aquello de petisa. No era muy alta, no. No sé si era especialmente bella, aunque decididamente era más bella que fea. Tenía unos ojos amarillos y unas piernas macetonas. Era más bien culona y tenía una nariz y labios finitos, todo lo cual heredé. Era una especie de maga que transformaba todo lo que había a su paso. En la famosa estancia que ocupa el lugar de mi parnaso ideal, había frutales, árboles añosos y nobles, una huerta alguna vez, un matorral de boisamberris como les decíamos de chicos. Alguna vez hubo ruibarbo. Ella todos los fines de verano recolectaba en una canasta de mimbre los higos, ciruelas, manzanas, caquis que tanto le gustaban y hacía mermeladas y conservas. Durante horas hervía frutas y azúcares en grandes ollas de puchero en un pequeño office que quedaba en un paso de atrás adelante de la insigne casa con forma de 'U'. Además en el jardín que quedaba en el centro de la 'U' hay un aljibe de mármol blanco, y hierro forjado, con un balde lleno de tacos de reina con cuyas hojas a veces hacía un mojito de mayonesa para ponerle a las tostadas que luego se tomaban 'los grandes' con los copetines. A mi abuela le encantaba el Gancia. Era una mujer que disfrutaba mucho de las cosas aunque era también bastante medida, sobria. Cuando llegaba la temporada señalada se la veía temprano o a la hora del ocaso dando vueltas alrededor de sus rosas. Las podaba, injertaba, fumigaba (con su delantal, sus guantes de cuero, su sombrerito y su calzado ad-hoc). Era algo que se tomaba con mucha seriedad. Y pronto después su vergel compensaba sus cuidados con unas rosas tan lindas como nunca más vi en mi vida. Decían de ella que tenía hormigas en el culo. Y la verdad es que raramente estaba ociosa, a menos que el ocio implicara sentarse con sus queridos a oírlos, hablarles… Derrochaba amor y cariños, aunque también hacía sus brutales diferencias. Creo que conmigo por ser la hija mayor de su hijo mayor tenía una debilidad mal disimulada. Yo francamente la adoraba. Pero sus 30 y pico de nietos la adoraban por igual. Otro recuerdo imborrable de mi abuela era verla andar en bicicleta a la edad que muchas mujeres están muertas, y cuando me pasaba a buscar en su Fitito celeste que, para mí, entonces, era el colmo del glamour.

Antes de que mi abuela viviera en esta famosa casa, su madre, la antigua bisabuela regia, y sus muchos hijos habían vivido y veraneado allí durante muy largo tiempo. Recuerdo que en el cuarto del medio estaba Tío L y su mujer I. Me encantaba verlo al tío L sentado en las sillas de playa que ahora les dicen de director, a la sombra de una Santa Rita ofensivamente fucsia. En el cuarto de la punta, moraba el tío H, con sus camisolas, patines de cuatro ruedas, y amigos actores que para nosotros entonces algo eran extravagantes aunque definitivamente excitantes. Quizá de los hermanos de mi abuela sobresalía la tía MariaK, creo que su única hermana mujer, con quien se complementaban súper bien. Era esta tía muy alegre, le encantaba divertirse, disfrazarse, organizar fiestas, poner mesas con todos los objetos bellos posibles, y siempre alentándonos a disfrutar de las cosas 'mientras haya'. Muchos veranos me mandaban a su casa en un campo vecino, con el pretexto de que estudiara historia con mi prima su nieta de mi edad, yo vaga y ella medio tronca. Mi abuela tenía en común con sus hermanos una cierta facilidad y felicidad de vivir, en un sentido que hoy para mí es casi extraño. Cuesta encontrar gente que viva tan bien, tan en armonía con todo, en una vida tan luminosa, llena de color, perfumes, sensaciones agradables. Mi abuela solía decir -como en un oscuro e insensato presagio- que tenía miedo de ser tan feliz.

Los veranos eran virtualmente eternos (mi padre nos pasaba a buscar por el colegio el último día de clases, con los uniformes puestos, y nos cambiábamos en el auto camino al campo) donde pasábamos de un campo al de al lado visitando parientes y más parientes. Volvíamos a la civilización, al colegio y a la ciudad prácticamente salvajes, pero habiendo vivido una vida soñada. Fui muy afortunada de haber tenido una infancia así.

Otro lujo privado que teníamos ella y yo eran los domingos en que me iba a dormir a su casa en Buenos Aires, no sé bien el motivo más allá de que a ella le gustaría mi compañía, pero en teoría era porque me quedaba cerca del colegio. Disfrutaba despertarme e ir a desayunar el café instantáneo que en principio, odiaba. Hasta eso provocaba ella.

Hasta aquí todos recuerdos gozosos.

Como la vida es tan rara, unos lustros más tarde todo cambió. Los detalles no los quiero recordar. Mi abuela pareció decir adiós mentalmente, y desconectarse ipso facto, y murió hace poco, después de muchos, muchos años de convalecer de parkinson, demencia senil y otras porquerías.

martes, 28 de octubre de 2008

Aprendiendo a Bailar II

Esta es otra de las piezas que surcaban los veranos estivales en la vieja estancia con olor a rosas donde aprendí a fumar, bailar, y todas las cosas chanchas a una tierna edad.


lunes, 27 de octubre de 2008

Aprendiendo a bailar

Qué vueltas tiene la vida. Y lástima que tengamos (al menos yo) bastante mala memoria.

De mi infancia quizá el recuerdo más grato - dentro del capítulo de las vacaciones en el campo - eran las fiestas del polo que se hacían a fin del verano, cuando iba terminando la temporada.

En aquellas fiestas se daba cita lo más granado de la zona sur-bonaerense-costera. Todos nos emperifollábamos con pantalones de hilo, soleros de diseños a lo Emilio Pucci, sombras verdes y celestes. Los hombres con pantalones blancos y mocasines sin medias, camisas rosas o de colores infrecuentes, ricos perfumes, vasos de cristal con hielo, copetines, música, guitarreadas, bailes y cielos estrellados. Y por supuesto la fragancia de las rosas cuidadas con tanto amor por nuestra abuela.

En esas ocasiones los 'grandes' nos dejaban disfrutar por un rato de aquellos saraos. Por un rato. A una 'hora decente' nos mandaban a la cama, orden que porsupuesto ignorábamos religiosamente, para ocupar puestos atrás de las columnas, laureles, y otras plantas. Antiguamente nos apostábamos en la buhardilla y espiábamos por las rendijas del piso de madera cómo las parejas jóvenes se besaban, ante la aprobación de las parejas más grandes (aunque no delante de los chicos).

Todavía hoy cuando escucho canciones como ésta, una fuerza invisible y poderosa me retrotrae en las décadas y me inunda un placer no pequeño.


jueves, 9 de octubre de 2008

Papote/Tisoler Barbudo

Hoy hacen 30 años de la muerte de nuestro padre. Era muy chica cuando murió y mis recuerdos a veces se desdibujan, pero me gusta recordar, entre otras cosas, su predisposición dionisíaca y su amor por las palabras.

Le gustaba usar la forma tipo 'alégrome mucho', y palabras para mí en aquel entonces, viejas como por ejemplo, decirle capa de goma al impermeable, cartera a la billetera, y otras. A su primogénita, por ejemplo le gustaba llamarla 'manzanita', 'mi rubia peroxyde', entre otras.

Además se murió el mismísimo día que Jacques Brel, me vengo a enterar.

martes, 6 de mayo de 2008

"A Good Play" (RLStevenson)

Esta poesía es probablemente mi primer recuerdo literario. Después de un poco de investigación, ayudada por un cerebrudo y bien dispuesto académico de la University of Edinburgh, creo haber dado con él mismísimo y purísimo primer poema que conocí.

We built a ship upon the stairs
All made of the back-bedroom chairs,
And filled it full of soft pillows
To go a-sailing on the billows.

We took a saw and several nails,
And water in the nursery pails;
And Tom said, "Let us also take
An apple and a slice of cake;"--
Which was enough for Tom and me
To go a-sailing on, till tea.

We sailed along for days and days,
And had the very best of plays;
But Tom fell out and hurt his knee,
So there was no one left but me.

lunes, 5 de mayo de 2008

Nemo me impune lacessit




Cuando éramos chicos a mis hermanos y a mí nos mandaron al colegio que quedaba en nuestra misma cuadra que nuestra casa, aquel petit-hotel que alguna vez posteé al princpio de este blog (soy incapaz de hacer un link) (help!). El argumento era que la dueña era parienta de nuestra madre, pero siempre sospeché que la comodidad era el criterio prevalente. En este colegio pequeño y anglófilo lo pasé mejor que en el que me mandaron más tarde, de monjas, gris y sobrepoblado. Había muchas actividades extras como teatro, poesía, baile escocés y hockey. A fin de año teníamos un evento que se llamaba el 'Caledonial Ball' donde demostrábamos lo que habíamos aprendido: recitábamos fragmentos de una poesía, como por ejemplo aquella de la cual sólo recuerdo el comienzo: "With cushions and pillows we built a ship" y creo que era de Robert Louis Stevenson. También nos poníamos nuestras kilts y bailábamos el eightsome reel, la sword dance al son de las gaitas, las cuales hoy en día no puedo escuchar sin emocionarme y llenarme de excitación inocente. Son recuerdos muy gratos. Con las vueltas de la vida me lié con un escocés de Aberdeen, a quien visité y con quien recorrí aquellas tierras míticas. (Y planeo seguir haciéndolo).

Por esas cosas inexplicables de la mente me vino a la cabeza la frase del título de la entrada y recordé que está en el escudo de escocia y se refiere al famoso cardo 'thisle' emblema de Alba, y tan típico de las estancias pampeanas.

Me gusta cuando algunas cosas a la vuelta de los años adquieren un sentido extraordinariamente leve y dulce.

lunes, 14 de abril de 2008

Fumar Es Un Placer

Qué feas son las adicciones. Me está preocupando que me gustaría dejar de fumar y no encuentro en germen desde donde empezar a tomar la decisión de abandonarlo.

Todo empezó aquel verano en el campo donde veraneábamos con las decenas de primos, de los cuales cuatro o cinco éramos chicas de la misma edad. La prima alfa, A., con quien recientemente tuve un grave desencuentro, llevaba la voz cantante. Era quien decidía a dónde íbamos, qué hacíamos, a quién queríamos y a quien no. Uno de los programas clandestinos era operación 'gallina', que consistía en esperar a que los grandes se hubiesen ido a dormir para asaltar la despensa y comer cosas de copetín, que más temprano nos habían sido vedadas: Gancia, papas fritas y maní. Generalmente eran inmundos porque eran los que habían vuelto rancios o húmedos, pero tenían el sabor del triunfo después de habernos sido negados en razón de nuestra poca edad. Eran épocas donde ser niños era claramente una desventaja, un argumento para las negativas y los impedimentos.

Uno de esos veranos me inicié en el vicio. Otro delito de la época era robar los cigarrillos de los mayores mientras se enroscaban en discusiones acaloradas y pasionales después de comer, cuando aprovechábamos para afanar los Kent mentolados de la tía Martita. Luego huíamos al monte de eucaliptus donde prendíamos uno y lo pasábamos de mano en mano. Sobre ese monte se cernía el recuerdo ominoso de aquel colchonero, Coscoya, que presuntamente se había ahorcado en un árbol. Decían que era loco. Cuando me tocó mi turno, he hice la chancha renga y traté de expulsar el humo pero A. me gritaba: --'Tragá el humo, maricona'. La presión de los pares se impuso a mi orgullo y fumé. Y no me gustó, pero después lo seguí haciendo tratando de encontrarle el gusto a este hábito inmundo. Y tristemente, lo conseguí.

martes, 11 de marzo de 2008

¡Suéltame, Pasado!

Hasta aquí he hecho un somero recuento de buenos recuerdos de la infancia, lo cual me lleva inexorablemente a uno de los puntos de inflexión en mi ya no tan corta vida.

Uno de aquellos veranos largos en el campo, cerca de la playa, con caballos, eucaliptus, laureles venenosos, hortensias, rosas y buganvileas, olmos y casuarinas, terminó de manera abrupta, inesperada y trágica.

Estábamos al costado de la cancha, a la sombra de los añosos eucaliptus, al lado de los autos, viendo los caballos galopar frenéticamente de un extremo a otro. De pronto una embestida, uno que voló por el aire, dio media vuelta antes de caer de espaldas, y el impacto seco y definitivo en la nuca. Mi madre que estaba al lado mío salió corriendo como llevada por el mismo demonio, perdiendo los zapatos en el camino. Nunca se recuperaría de esa contusión. Luego de cuatro años y siete meses se acabó para siempre. Fueron años durísimos de interrogantes sin respuestas, de dolor inexplicable, de ver cómo la vida como la conocíamos, nunca más iba a ser la misma. Todos los días encontrábamos nuevas maneras de que nuestra vida fuera distinta. Ni cumpleaños de quince, ni viajes, ni cosas que apenas sobrepasaran lo normal entraban más en nuestros planes. Todo se debía acomodar a nuestra nueva realidad. Los meses en Mar del Plata en una casa muy linda pero con la sensación de que la vida se puso en pausa, eran una mezcla de reconocer cierto privilegio con una maldición que pendía sobre nuestras coronillas. Era una pausa tensa, realentada, temiendo la fatalidad en cualquier segundo inminente. Hacer de cuenta que el colegio nuevo, los amigos nuevos, las costumbres nuevas como ir a la playa después del colegio, fumar, después pasar por el hospital a ver si había alguna mejoría, si había abierto los ojos, si se había movido por sí mismo, si respiraba por sí mismo, era algo que nos ilusionaba. La presencia de abuela y tías con su gesto consternado, pero muy presentes en una situación nueva, horrible y de espera contra toda esperanza, daba cierta calidez a los fríos pasillos con olor a farmacia. Los médicos eran los primeros en no ofrecer ninguna esperanza.

Luego la vuelta a Buenos Aires, nuevo hospital, nuevas eminencias atónitas y con gesto adusto, que encontraban como reflejo nuestra indeclinable esperanza subyacente. Está claro que la esperanza es la madera a la que nos aferramos en el medio de la horrible borrasca. El sol brillaba y no se entendía por qué la naturaleza no acompañaba lo fatídico de lo que estaba sucediendo.

En esos años quizá lo que se grabó también de modo indeleble, fue la ayuda, interés, acompañamiento de las personas que tanto querían a nuestro padre. Ese padre tan lleno de vida, que amaba el aire, la naturaleza, la música, la gente, los caballos, la comida, los tragos, el amor a los demás. Su afabilidad y cordialidad fue su estela. Fue lindo ver a través de los años cómo quienes lo conocieron -especialmente aquél talabartero que fue uno de los que pudo articularlo en palabras y tanto gozo nos dio: "Tienen que estar orgullosos de su padre. Fue un gran hombre." Mi abuela paterna que venía todos los días a prepararnos el té y a cosernos las medias, la amiga de mi abuela que sin casi conocernos tocó el timbre y se ofreció a ayudar en lo que fuera, el tío de mi padre que los viernes tocaba el timbre y nos dejaba una bolsa de arpillera con papas o carne que traía del campo y se iba sin esperar ni las gracias, la enfermera gallega firme y resistente como un roble, el médico que nos trajo al mundo que venía de visita y se tomaba unos whiskies al lado de la cama de mi padre en profundo coma vigil.

No sé si algún día alcanzaré a calibrar los efectos de ello en nuestras vidas. Yo creo que las marcas quedaron para siempre. Puesto así da una perspectiva tremenda. Durante muchos años me sentí invencible o poco menos de haber pasado algo así y haber salido más o menos incólume. Hoy quizá pienso mucho en las cosas que nos fueron arrebatadas en plena infancia-adolescencia. Y cómo cambió nuestra mente.

Todo acabó un día de octubre donde intentaba irme de viaje de fin de año con las de 5° y no pudiendo encontrar una buena razón para divertirme en medio de un drama sordo. Un mediodía volví del colegio. Había demasiado silencio y mis oídos se abombaron. Caminé por el pasillo y me intercepta María, llorando. La cama ortopédica sin articular, chata, horizontal. Mi padre planchado, con un hematoma gigante en la nuca. Nunca más. Se fue para siempre. Y cómo lo extraño. Hasta hoy.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Primeras Veces II

El casamiento del sábado pasado tuvo colorido y la nota interesante indispensable para que la pasara bien y proyectó unas imágenes muy fugaces en mi mente.

El 80% de la gente eran, refrescantemente, amigos de los novios. Pero siempre existe lo que antiguamente llamaban el zócalo negro, o sea las personas mayores vestidas de ídem que se sentaban alrededor de la pista de baile, observando a las generaciones más jóvenes desfilar, bailar y llevar a cabo los rituales para ellos ahora tan incomprensibles como atractivos (¿por qué todos se pusieron en cuclillas al son de una canción en particular para ir elevándose gradualemente y terminar saltando casi sin control?) El zócalo negro ahora es mucho menos luctuoso pero no por eso menos anciano. No había seres humanos menores a 18 años.

Recuerdo bastante bien la primera fiesta que fui. Se casaba una prima segunda que se llamaba igual que yo. No entendía por qué tenía que ir, si yo apenas me acordaba de ella. Pues en esa época de la vida uno no tiene idea de casi nada, y menos aún de qué debe ponerse. Menos aún para un casamiento. De una prima lejana. Es más uno no sabe ni cómo es un casamiento, más allá de que la novia tiene un vestido blanco largo.

Pues mi madre diseñó y confeccionó con sus propias manos y la ayuda de Elisa (que en realidad se llamaba Gumersinda) un atuendo regio en sentido estricto. Se componía de

*blusa de seda natural color marfil con cuello 'bebe' de encaje de bruselas y mangas abullonadas con elásticos en los puños con más volados en los puños, rematados por más encaje, esta vez de chantilly;
*jumper de terciopelo (no pana) verde inglés con breteles gruesos con botones ad-hoc
*medias can-can blancas;
*zapatos de charol de Niké que en aquella época sería una zapatería elegante (pero que las de mi generación considerábamos una cursilada si nombre);
*peinado lacio raya al costado con moño blanco tirante todo conseguido sobre un brushing innecesario;

Todo esto suena quizá bastante lindo pero el contexto lo destruyó. Yo tenía 13 años, muy escasa estatura (igual que ahora, bah) y soñaba con las túnicas hippies que usaban mis primas y me gustaba bailar James Taylor, Carly Simon y Stevie Wonder especialmente 'Isn't She Lovely'.

Esa fue la primera vez que me di cuenta cuán aburridos son los casamientos.

martes, 11 de diciembre de 2007

Más Sobre mi Padre


Mi padre tenía un encanto notable a la hora de expresarse y mas aún al putear. Será de esa admiración que encuentro placer en lo (no tan levemente) guarro. Quiero recordar estas cosas antes de que me someta el alemán, y también para que quizá algún día recuerden y disfruten y se rían sus nietos.

Va un ramillete.

-"Me CCCago en Ceuta!"
-"Pero La Gran Puta!"
-"¡Cagó aceite!"
-"¡Me cago en la tapa del piano!"
-"¡Me cago en la pared!"
-"¡Cagó la fruta!"
-"¡Anciana madre mía (en vez de 'vieja', a su madre)!"
-"¡Mi rubia peroxide!" (pronúnciese pirocsaid) (a mi, de niña)
-"ManzAnita: ya es hora de que te empieces a hacer las manos" (y me regaló un set de alicates traído de Paraguay - toda una exoticidad en aquella época- que todavía conservo y uso)
-"¿Ven chicos? Saben qué son esas cosas que se ven en el río? Son la casa de 'Tisoler Barbudo'"

lunes, 3 de diciembre de 2007

salgo a caminar /por la cintura cósmica del sur


Cómo me gusta salir a pasear por galaxias diferentes. Ésta, que queda cerca de mi casa, tiene un olor antiguo, es verde, vegetal, animal, lleno de hormonas, celebra la belleza, la destreza, la gloria de la naturaleza, la evolución de las especies... y su decadencia bastante inminente algunas veces también.

Tiene sol radiante y la clorofila, la velocidad, la aerodinamia de mis animales favoritos. Me identifico con las yeguas. Si me reencarnara me gustaría ser una y galopar a todo lo que da, consumiendo toda la energía con una avidez como si la vida dependiera de ello.

Me divirtió mucho la máxima concentración posible de anglosajones en el Río de la Plata post invasiones inglesas. Desde el exilado a Zimbabwe que estoy convencida que tiene que vender armas, hasta el Berti, recién salido de Eton y embriagado por la latinidad de las mujeres argentinas hasta el punto de perder su bien criada flema.

Me gusta la clase antigua que viene con virtudes: elegancia con modestia, inteligencia con comprensión. Es muy difícil de encontrar, pero hay.

Esta galaxia siempre me remite a aquello que estaba en germen cuando era niña y andábamos a caballo en una petisa de menos de un metro de altura, que se llamaba 'La Bonita', y andábamos de a cuatro en ancas. Y nos reíamos tanto que nos caíamos al piso de la risa. Jamás galopaba -siempre trotaba. Sería porque siempre estaba preñada. Luego nos subieron de categoría y nos cedían con gesto magnánimo a 'El Pangaré'. Era tan mañero que muchas veces andar a caballo significaba subirse a este petiso mañero que se empacaba y no andaba en absoluto. Parecía más de madera que de carne y hueso. Cuando fuimos más grandes -sólo a veces, teníamos el honor de que nos prestaran a regañadientes y mascullando comentarios misóginos, alguna yegua vieja de polo a la que todavía le gustaba picar al palenque cuando le aflojabas las riendas.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Celedonio Pipí Cocó


Uno de esos veranos eternos donde hicimos el recorrido Buenos Aires/Itueta, Misiones/Paraje San José, Provincia de Buenos Aires, sucedió algo que todavía recuerdo con bastante viveza. Más vale que lo escriba.

Un verano en el campo, mi primo favorito de entonces, volvió de una cabalgata con un patito criollo pichón y me lo regaló. Yo estaba totalmente embelesada con la criatura; nunca había tenido una mascota. Dormía con el patito en la cama; lo llevaba a todos lados y todos mis primos se interesaban por el bello bicho, dando lugar a nuevas cosas para compartir.

Acomodé el bicho en una canasta de mimbre de dos tapas tipo Caperucita; puse de un lado algodón y trapitos y del otro una tapa de frasco de mayonesa hellmans (entonces de lata) y ahí lo puse a vivir. Lo conservé durante el final del verano. Lo llevé desde Necochea a Chivilcoy, sano y salvo. Fue un verano larguísimo y todavía seguía!

Llegamos a Chivilcoy y lo largué. Salió como loco a comer moscas muertas. Horas más tarde lo encontré muerto. Lloré con desesperación y me dijeron que se habría intoxicado de comer moscas con 'Off'. Le dimos cristiana sepultura despues de llorarlo largamente. Debajo la canilla de al lado del cantero al lado de la casa, donde le cayera agua y oliera las flores fue el mejor lugar que se me ocurrió. Fue como una premonición para mi pequeña alma. Meses después nuestro padre sufrió un accidente que lo dejó comatoso muchos años y luego murió.

Décadas después me enteré que el patito había muerto cuando nuestra madre abrió la puerta y quedó aplastado entre la puerta y la pared.