"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
Mostrando las entradas con la etiqueta Mis Abuelas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mis Abuelas. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de julio de 2009

"Cuando Faltó El Niño Jorge"


Hace dos semanas partí al Oeste con X, mi coequiper preferido. Objetivo principal: festejar el 4 de Julio al estilo argentino: con un lechón asado en el medio del campo. Con el frío de cagarse y todo. El plan era: salimos de casa, recogemos el puerco, compramos pan fresco, limón para los vodka-tonics, revisamos las gomas y encaramos la ruta 7 y llegar a tiempo para almorzar. Allí nos esperaban A&M, totalmente mimetizados con la pampa bárbara. El pasto seco, los árboles ralos. Llegamos sanos y salvos a pesar de los esfuerzos en contrario del copiloto y su sentido del humor corrosivo. Si no fuera que uno recuerda los verdores estivales parecería un páramo sin remedio.

Almorzamos ensaladas con mini asado para no arruinar nuestro apetito para la noche, nos tiramos un rato al aire libre, que estaba cálido y sin viento y al rato partimos a recorrer. Observamos molinos y aguadas, alambrados y tranqueras, bovinos y ovinos. X se entretuvo, cual púber, tirándole zapallitos silvestres a los toros que pacían con absoluta parsimonia, aparentemente descansando de varias fechas de trabajo intensivo. Falta decir que éstos se mantenían inmutables a los ataques vegetales del ½ gringo.

Como manda la vida rural, después de las tareas debidas, pasamos a visitar a los vecinos: tomamos el té en lo de la tía ET que cumplía años, ella siempre tan jovial y hippie a sus flamantes 70, y después a tomar unos mates a lo de Lopardo, ése sí gringo 100% pero de las pampas, octogenario, de ojos azul hielo, menudo, vital, y cuyo único signo senil es un brazo medio duro seguramente de alguna rotura mal arreglada. Me dijo al verme bajar del auto 'No ha perdido la pinta, niña Cosima'.

A sabiendas del éxito seguro de la técnica de conseguir recuerdos de este lado de la familia, le hice la pregunta del millón: "¿Durante cuánto ha trabajado con ellos?" Y empezó a contarme historias inefables y no tanto y más antiguas que inclusive las recordadas por mi madre o contadas por mi abuelo, que bien se cuidaba de no contar las historias desaliñadas... Oír sus relatos de las dos o tres generaciones sucesivas me hizo valorar la senectud, su segura riqueza. Nos fue contando cómo se fueron articulando las sucesiones hasta el día de hoy. En el caso de los dueños de casa fue 'Cuando Faltó el Niño Jorge', ese hermano con epilepsia y algo lento de mi abuelo, de una bondad extrema. Murió inocente, a una edad provecta.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Sin Whisky (que no tomo) (aún), ni faso.

El Solitario de Perelandra, comentador inopinado y reciente, bien supo provocar mi pluma (o mi teclado, lo que es lo mismo) pidiéndome que hable de mi abuela.

Mi abuela paterna fue fascinante y entrañable en partes iguales. Era una mujer de estatura justa. Justa para escaparle a aquello de petisa. No era muy alta, no. No sé si era especialmente bella, aunque decididamente era más bella que fea. Tenía unos ojos amarillos y unas piernas macetonas. Era más bien culona y tenía una nariz y labios finitos, todo lo cual heredé. Era una especie de maga que transformaba todo lo que había a su paso. En la famosa estancia que ocupa el lugar de mi parnaso ideal, había frutales, árboles añosos y nobles, una huerta alguna vez, un matorral de boisamberris como les decíamos de chicos. Alguna vez hubo ruibarbo. Ella todos los fines de verano recolectaba en una canasta de mimbre los higos, ciruelas, manzanas, caquis que tanto le gustaban y hacía mermeladas y conservas. Durante horas hervía frutas y azúcares en grandes ollas de puchero en un pequeño office que quedaba en un paso de atrás adelante de la insigne casa con forma de 'U'. Además en el jardín que quedaba en el centro de la 'U' hay un aljibe de mármol blanco, y hierro forjado, con un balde lleno de tacos de reina con cuyas hojas a veces hacía un mojito de mayonesa para ponerle a las tostadas que luego se tomaban 'los grandes' con los copetines. A mi abuela le encantaba el Gancia. Era una mujer que disfrutaba mucho de las cosas aunque era también bastante medida, sobria. Cuando llegaba la temporada señalada se la veía temprano o a la hora del ocaso dando vueltas alrededor de sus rosas. Las podaba, injertaba, fumigaba (con su delantal, sus guantes de cuero, su sombrerito y su calzado ad-hoc). Era algo que se tomaba con mucha seriedad. Y pronto después su vergel compensaba sus cuidados con unas rosas tan lindas como nunca más vi en mi vida. Decían de ella que tenía hormigas en el culo. Y la verdad es que raramente estaba ociosa, a menos que el ocio implicara sentarse con sus queridos a oírlos, hablarles… Derrochaba amor y cariños, aunque también hacía sus brutales diferencias. Creo que conmigo por ser la hija mayor de su hijo mayor tenía una debilidad mal disimulada. Yo francamente la adoraba. Pero sus 30 y pico de nietos la adoraban por igual. Otro recuerdo imborrable de mi abuela era verla andar en bicicleta a la edad que muchas mujeres están muertas, y cuando me pasaba a buscar en su Fitito celeste que, para mí, entonces, era el colmo del glamour.

Antes de que mi abuela viviera en esta famosa casa, su madre, la antigua bisabuela regia, y sus muchos hijos habían vivido y veraneado allí durante muy largo tiempo. Recuerdo que en el cuarto del medio estaba Tío L y su mujer I. Me encantaba verlo al tío L sentado en las sillas de playa que ahora les dicen de director, a la sombra de una Santa Rita ofensivamente fucsia. En el cuarto de la punta, moraba el tío H, con sus camisolas, patines de cuatro ruedas, y amigos actores que para nosotros entonces algo eran extravagantes aunque definitivamente excitantes. Quizá de los hermanos de mi abuela sobresalía la tía MariaK, creo que su única hermana mujer, con quien se complementaban súper bien. Era esta tía muy alegre, le encantaba divertirse, disfrazarse, organizar fiestas, poner mesas con todos los objetos bellos posibles, y siempre alentándonos a disfrutar de las cosas 'mientras haya'. Muchos veranos me mandaban a su casa en un campo vecino, con el pretexto de que estudiara historia con mi prima su nieta de mi edad, yo vaga y ella medio tronca. Mi abuela tenía en común con sus hermanos una cierta facilidad y felicidad de vivir, en un sentido que hoy para mí es casi extraño. Cuesta encontrar gente que viva tan bien, tan en armonía con todo, en una vida tan luminosa, llena de color, perfumes, sensaciones agradables. Mi abuela solía decir -como en un oscuro e insensato presagio- que tenía miedo de ser tan feliz.

Los veranos eran virtualmente eternos (mi padre nos pasaba a buscar por el colegio el último día de clases, con los uniformes puestos, y nos cambiábamos en el auto camino al campo) donde pasábamos de un campo al de al lado visitando parientes y más parientes. Volvíamos a la civilización, al colegio y a la ciudad prácticamente salvajes, pero habiendo vivido una vida soñada. Fui muy afortunada de haber tenido una infancia así.

Otro lujo privado que teníamos ella y yo eran los domingos en que me iba a dormir a su casa en Buenos Aires, no sé bien el motivo más allá de que a ella le gustaría mi compañía, pero en teoría era porque me quedaba cerca del colegio. Disfrutaba despertarme e ir a desayunar el café instantáneo que en principio, odiaba. Hasta eso provocaba ella.

Hasta aquí todos recuerdos gozosos.

Como la vida es tan rara, unos lustros más tarde todo cambió. Los detalles no los quiero recordar. Mi abuela pareció decir adiós mentalmente, y desconectarse ipso facto, y murió hace poco, después de muchos, muchos años de convalecer de parkinson, demencia senil y otras porquerías.

martes, 11 de marzo de 2008

¡Suéltame, Pasado!

Hasta aquí he hecho un somero recuento de buenos recuerdos de la infancia, lo cual me lleva inexorablemente a uno de los puntos de inflexión en mi ya no tan corta vida.

Uno de aquellos veranos largos en el campo, cerca de la playa, con caballos, eucaliptus, laureles venenosos, hortensias, rosas y buganvileas, olmos y casuarinas, terminó de manera abrupta, inesperada y trágica.

Estábamos al costado de la cancha, a la sombra de los añosos eucaliptus, al lado de los autos, viendo los caballos galopar frenéticamente de un extremo a otro. De pronto una embestida, uno que voló por el aire, dio media vuelta antes de caer de espaldas, y el impacto seco y definitivo en la nuca. Mi madre que estaba al lado mío salió corriendo como llevada por el mismo demonio, perdiendo los zapatos en el camino. Nunca se recuperaría de esa contusión. Luego de cuatro años y siete meses se acabó para siempre. Fueron años durísimos de interrogantes sin respuestas, de dolor inexplicable, de ver cómo la vida como la conocíamos, nunca más iba a ser la misma. Todos los días encontrábamos nuevas maneras de que nuestra vida fuera distinta. Ni cumpleaños de quince, ni viajes, ni cosas que apenas sobrepasaran lo normal entraban más en nuestros planes. Todo se debía acomodar a nuestra nueva realidad. Los meses en Mar del Plata en una casa muy linda pero con la sensación de que la vida se puso en pausa, eran una mezcla de reconocer cierto privilegio con una maldición que pendía sobre nuestras coronillas. Era una pausa tensa, realentada, temiendo la fatalidad en cualquier segundo inminente. Hacer de cuenta que el colegio nuevo, los amigos nuevos, las costumbres nuevas como ir a la playa después del colegio, fumar, después pasar por el hospital a ver si había alguna mejoría, si había abierto los ojos, si se había movido por sí mismo, si respiraba por sí mismo, era algo que nos ilusionaba. La presencia de abuela y tías con su gesto consternado, pero muy presentes en una situación nueva, horrible y de espera contra toda esperanza, daba cierta calidez a los fríos pasillos con olor a farmacia. Los médicos eran los primeros en no ofrecer ninguna esperanza.

Luego la vuelta a Buenos Aires, nuevo hospital, nuevas eminencias atónitas y con gesto adusto, que encontraban como reflejo nuestra indeclinable esperanza subyacente. Está claro que la esperanza es la madera a la que nos aferramos en el medio de la horrible borrasca. El sol brillaba y no se entendía por qué la naturaleza no acompañaba lo fatídico de lo que estaba sucediendo.

En esos años quizá lo que se grabó también de modo indeleble, fue la ayuda, interés, acompañamiento de las personas que tanto querían a nuestro padre. Ese padre tan lleno de vida, que amaba el aire, la naturaleza, la música, la gente, los caballos, la comida, los tragos, el amor a los demás. Su afabilidad y cordialidad fue su estela. Fue lindo ver a través de los años cómo quienes lo conocieron -especialmente aquél talabartero que fue uno de los que pudo articularlo en palabras y tanto gozo nos dio: "Tienen que estar orgullosos de su padre. Fue un gran hombre." Mi abuela paterna que venía todos los días a prepararnos el té y a cosernos las medias, la amiga de mi abuela que sin casi conocernos tocó el timbre y se ofreció a ayudar en lo que fuera, el tío de mi padre que los viernes tocaba el timbre y nos dejaba una bolsa de arpillera con papas o carne que traía del campo y se iba sin esperar ni las gracias, la enfermera gallega firme y resistente como un roble, el médico que nos trajo al mundo que venía de visita y se tomaba unos whiskies al lado de la cama de mi padre en profundo coma vigil.

No sé si algún día alcanzaré a calibrar los efectos de ello en nuestras vidas. Yo creo que las marcas quedaron para siempre. Puesto así da una perspectiva tremenda. Durante muchos años me sentí invencible o poco menos de haber pasado algo así y haber salido más o menos incólume. Hoy quizá pienso mucho en las cosas que nos fueron arrebatadas en plena infancia-adolescencia. Y cómo cambió nuestra mente.

Todo acabó un día de octubre donde intentaba irme de viaje de fin de año con las de 5° y no pudiendo encontrar una buena razón para divertirme en medio de un drama sordo. Un mediodía volví del colegio. Había demasiado silencio y mis oídos se abombaron. Caminé por el pasillo y me intercepta María, llorando. La cama ortopédica sin articular, chata, horizontal. Mi padre planchado, con un hematoma gigante en la nuca. Nunca más. Se fue para siempre. Y cómo lo extraño. Hasta hoy.

viernes, 25 de enero de 2008

Quelle panne

Muchas cosas añoramos con mi hermana que no nos haya transmitido nuestra madre de la suya y en cambio las suplantó por su particular, extrema, árida y antipática visión del mundo. Sin embargo, por suerte, cada tanto me saltan en el cerebro algunas neuronas rebeldes que, vía un estertor eléctrico, me recuerdan una brizna de información, una imagen, una sensación...

Mi abuela materna era una mujer etérea. Su cabeza era leve, su manera de hablar y abrazar -siempre acompañada por tres palmaditas suaves en la espalda- era liviana. Se podría decir que débil, si no hubiera sido por su mirada negra y fogosa y sus ideas secretamente insolentes. Pero sí tenía una relación con el mundo despegada, y una condición que muchas veces intento emular. Bela podía catalogar lo que para mí sería un desastre, de una simple 'panne'. Dijéramos que se tomaba la vida también con bastante relatividad. Tomaba todos los días el té en su cuarto, en un carrito con ruedas: té en hebras, tostadas con mermelada de naranja. Al terminar, empujaba el carrito hasta el vano de la puerta que dividía el comedor del 'office' sin jamás trascenderlo. Era la onceava hija cuya madre murió cuando ella nació. La crió su hermana mayor, en un altillo, bastante aislada del mundo exterior. Pintaba bastante bien. De ella heredé unas tizas Lefranc & Bourgeois en una caja de madera de dos pisos y tres calibres (finas, medianas y gruesas). Usadas, pero todavía bastante nuevas. Me pregunto si todavía las harán así. Bela tenía esa elegancia como japonesa. Cierto culto a la austeridad, cierto desapego de todo. Pero jamás la oí criticar a nadie. No parecía para nada una mujer apasionada, o al menos no lo demostraba. Me habría gustado heredar su serenidad o ecuanimidad (al menos la que yo percibí). Ella sin embargo transmitió esta noción del mundo de que es un lugar de hombres, hecho por y para los hombres, en el cual las mujeres estamos siempre en desventaja, y somos objeto de muchas injusticias. Un mandato bastante difícil de remar. Peor aún combinado con el gen paterno del ardor.


En qué vuelta del ADN, de una mujer tan leve, mansa, sumisa, devino una intensa de más, que patrulla al mundo en permanente estado de batalla? Eso sí, llena de intereses, jamás aburrida y una caja de sorpresas (casi siempre agradables).