"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
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sábado, 9 de enero de 2016
Envuelta en fuego
¿Que qué me pasa
por la cabeza? Me pasan tantas cosas que podría decir que no sé por dónde
empezar. Pero son básicamente dos cosas: Como Serrat, Un día de estos he de
plantearme/muy seriamente dejar de fumar/con esa tos que me entra al
levantarme. Para esto fui a ver por tercera vez, que espero sea la vencida, a
mi admirado Dr. Bergman. Es cardiólogo, trabaja con adicciones, pero la verdad
es que el tratamiento para dejar de fumar es totalmente secundario a las
charlas que con él puedo tener.
Me pregunta que
cómo estoy, que cómo me fue esta semana y le digo que me parece que fumé más,
que estoy ansiosa y fastidiada. Me pregunta cuántos fumo durante el trabajo y
le digo que si acaso uno. Que fumo uno antes de irme a trabajar y a la noche
cinco o seis. Sobre todo que ahora me cuesta más irme a dormir porque me cuesta
conciliar el sueño.
Me propone fumar
máximo 5 por día y fumar al aire libre, no adentro de mi casa. Si acaso en el
balcón. Acato y seguimos con los temas importantes. Hablamos de los padres, de
la escritura, del proceso creativo, de las motivaciones para la creatividad, de
lo que hace feliz a la gente. Me habla de la conferencia de Ted Robinson sobre
‘El Elemento’, aquel lugar donde la aptitud y el deseo se encuentran. Me habla
de Elisabeth Kubler-Ross y las etapas de la aceptación (de la muerte) que muy
bien se adecuan al duelo de dejar a ese amigo que es el cigarrillo. Ese que te
acompaña y siempre asiente. No te cuestiona, ni te critica ni te recuerda lo
que deberías ser. No te señala que no diste todo lo que pudiste, y así.
Divorciarse del cigarrillo es difícil. Aunque ya lo conseguí dos veces espero
que esta sea la vencida. No quiero terminar como mis tías viejas, cuyos vicios
y excesos les marcaron la cara, el cuerpo y en definitiva, la vida. No quiero
caer desplomada en el medio del parque y en el medio de un juego de croquet
como mi tía María Clara. No quiero tener el cutis gris como lo tenía mi tía
Rosa. Y así siguiendo. Pero a veces pienso que es casi inevitable no ya
transformarnos en nuestros padres, sino que además terminamos pareciéndonos
también a nuestros tíos, sobre todo si fueron siempre muy cercanos durante toda
la vida.
Todas las cosas
que me dice Bergman apelan a un sitio muy sensible en el cerebro, a ese sitio
donde casi nadie nunca llega. No sé cuál es pero es mi talón de Aquiles, el
botón de reset, ese que ni yo misma
sé dónde está y por lo tanto no puedo usar cuando querría. Me persuade de una
manera que voy casi como una autómata a perseguir mi objetivo, que siempre
pienso que tengo una intención imperfecta, pero no obstante me expongo a la
posibilidad de que funcione mi propósito de dejar de fumar. Dos veces ya
funcionó, repito. Hablamos de la culpa judeocristiana, hablamos sobre cómo
talló nuestras personalidades y cómo podemos hacerla actuar a nuestro favor.
Me dijo que
tengo una cualidad que es buena. Que es que en algún punto me río de mí misma.
Le digo que en eso me parezco a mi mamá, o al menos de ella lo aprendí, quizás
por ósmosis. Cuando las cosas no tienen remedio, y me doy cuenta de que no hay
nada que pueda hacer, después que ya probé todo, entonces y sólo entonces, y
ante el agotamiento de los recursos, que nunca son pocos, entonces vomito una
carcajada, aunque un poco desesperada. Después las endorfinas harán el resto.
Cuando me
propuso otro ejercicio, “ya que te gusta escribir”, pero, a la sola mención del
título, se me hizo un nudo en la garganta. Me dijo que me imaginara que es mi
cumpleaños número 80 y que tres personas reales o imaginarias me escriben una
carta. O que cuál podría ser mi epitafio. Si yo lo pudiera elegir, mi epitafio
sería: “Su dolor se disolvía en una estentórea carcajada”.
Otro ejercicio
que me propuso fue que escribiera las cartas que me gustaría que me escribieran
si llego a los 80, que a este paso es difícil. Me gustaría recibirlas de Ian,
de Rocío y quizás de mi amiga Martita, o Laura P., que yo creo que son quienes
me conocen más acabadamente; y eso que soy muy complicada.
Me dijo como si
fuera obvio que tengo poca autoestima. Yo coincido en que es la fuente de todos
mis males y le cuento cómo cuando era niña, en mi tribu, era un pecado capital
ser ‘pillada’, o sea presumida, presuntuosa, orgullosa. Cualquier brote diferente
a la humildad más franciscana era pisoteado como una cucaracha, antes de que
exhalara la primera molécula de aire.
Bergman es
cardiólogo pero, me dijo, igual que yo, también en algún punto estudió medicina
por mandato familiar. Si bien a mí me dieron mi bendición para estudiar Bellas
Artes, ya que era más o menos obvio que era mi camino -al menos en ese momento-
pero, claro, tuve muy muchos mandatos, otros. Me sigue diciendo que en realidad
a él le habría gustado ser músico o actor, y que en su otra actividad, que es
lidiar con las adicciones, siente que tiene un outlet para esas aficiones. No
estoy muy segura de cuán alineada está la docencia con la actuación o la
música. Según Lole, mi colega del trabajo, está lleno de médicos que tocan
algún instrumento.
En cualquier
cosa creo que esto de dejar de fumar me va a provocar una huida hacia adelante
en la forma de escribir. Porque qué voy a hacer con el ansia, la ansiedad, la
desesperación, el malhumor, y todos esos sentimientos cotidianos con los que
vivo? Si sirve para tenerme escribiendo seguido, pero lo que se dice seguido,
pues entonces la escritura bien vale largar el pucho.
Como propósito
para este año nuevo me he fijado sólo dos objetivos: dejar de fumar y escribir.
Empecé bien, porque a día 7 de enero ya hace dos semanas que empecé el
tratamiento para dejar de fumar y varias semanas de haber retomado el taller.
El otro día tuve una epifanía semi vigil en la que me di cuenta que esto es lo
que tengo que hacer. Escribir. No importa si es aburrido. No importa si es
monotemático. No importa si es self-centered. Por algún lado hay que empezar.
Hay que adquirir el hábito. Hay que necesitarlo como el aire. Hay que desoír
las voces del desánimo propias y ajenas. Hay que pasar por sobre encima de todo.
Ayer me sentía una bola de fuego impulsada por un tornado. Me sentía fuerte y
de buen humor. Seguro que en parte debido a una de las acciones colaterales de
la droga: ‘sensación inusual de bienestar’. Esa fue mi motivación secreta
principal para dejar de fumar: que me dieran esa droga con tan deseable efecto
colateral. Encima when it kicks in,
provoca la deshabituación del tabaco. De hecho cuando B. me preguntó si notaba
algún cambio, aunque yo le contesté que creía que no, me preguntó si por
casualidad no encontraba difícil terminar los cigarrillos. Y le dije que sí!!!
Qué bueno!! entonces está empezando a hacer efecto.
Como las otras
dos veces anteriores, seguro me va a hacer poner fecha para el día señalado en
el que voy a dejar de fumar definitivamente. Hablando de vicios, culpas,
religiones y símbolos, cada vez elegí fechas señaladas, que me hablaran.
El fin de
semana, cuando eskypeé con Ian, después de haber hablado sobre las
celebraciones de Hogmanay, desembocamos en el tema pucho. Es un santo. La
verdad es que no puedo creer que le puedo fumar en la cara y ni pestañea. Así
como es de fóbico con casi todos los seres de la existencia, a mi me banca
todo. Casi demasiado. A veces me da miedo de que me mande a la mierda. Si yo
fuera él ya me habría mandado a la mierda hace añares. Bueno, el asunto es que
cuando le dije que estaba buscando una fecha para dejar de fumar, pero tenía
que ser una fecha simbólica, me dijo que entonces tenía que ser el 25 de enero,
el día del héroe nacional escocés, Rabbie Burns. En esa noche, los hombres
celebran a las mujeres, entre otras cosas. Ian siempre me recita poemas de
Burns. Con acento escocés y todo. El efecto es demoledor. Pues bien. Entonces,
la semana que viene cuando lo vea al Dr. B., y me haga elegir una fecha, voy a
elegir el 25 de enero. Veremos cómo me va. Si lo consigo, me imagino que el
resto del año, como me merecería, podría fluir como un barco en una laguna,
como una mano sobre la seda, como una brisa en una mañana de verano. Todo esto
puede suceder.
Casi diría que
no puedo parar de escribir. Estoy esperando que me interrumpa mi jefe. Menos
mal que puedo escribir porque si no creo que agotaría a la gente a mi alrededor
con mi cháchara. Cambio y fuera. Me voy a ganar el pan. Digo las vacaciones.
sábado, 28 de diciembre de 2013
To Do's
Hace no muchos años empecé a (volver a) hacer listas de propósitos para trazar líneas tendientes a mejorar, reordenar y reencarrilar mi vida y ser, por ende más feliz. Hacen muchos años también que la lista se repite, sin ningún logro fundamental.
Yo pensaba que era una contrafobia muy enroscada, fruto del movimiento pendular que me arrojó en las antípodas de aquella secta a la que supe pertenecer, y sobre la cual, muy rara vez pero sí de vez en cuando, todavía tengo pesadillas. Pero también pienso que si uno no hace algunas cosas a conciencia, es muy difícil que el azar las haga por nosotros. Soy por ende, una hacedora. No soy de sentarme a esperar que me pasen las cosas. Consiguientemente tengo la frente llena de chichones, pero en perspectiva, capaz que alguna vez me alegré de haber conseguido alguna cosa que quería mucho.
Este año 2013, que me fue tan propicio, voy a poder tachar dos o dos y media cosas. El número 13 siempre me gustó. Nací un 13 de septiembre. Cuando tenía 13 años era feliz. Cuando juego a algo o compro una rifa, busco ese número. Es mi número de la suerte, aunque no crea en la suerte.
Por ende, en estos días que estoy un poco al vicio, y que estoy tratando de cambiar tantas cosas de la forma en que he venido viviendo, voy a inaugurar una de las preciosas libretitas que me compré en Europa este año, empezando, creo por la de Edinburgh y voy a repetir el rito.
Tanto va el cántaro a la fuente, que seguro un día se rompe. Es la estadística, dummy.
Yo pensaba que era una contrafobia muy enroscada, fruto del movimiento pendular que me arrojó en las antípodas de aquella secta a la que supe pertenecer, y sobre la cual, muy rara vez pero sí de vez en cuando, todavía tengo pesadillas. Pero también pienso que si uno no hace algunas cosas a conciencia, es muy difícil que el azar las haga por nosotros. Soy por ende, una hacedora. No soy de sentarme a esperar que me pasen las cosas. Consiguientemente tengo la frente llena de chichones, pero en perspectiva, capaz que alguna vez me alegré de haber conseguido alguna cosa que quería mucho.
Este año 2013, que me fue tan propicio, voy a poder tachar dos o dos y media cosas. El número 13 siempre me gustó. Nací un 13 de septiembre. Cuando tenía 13 años era feliz. Cuando juego a algo o compro una rifa, busco ese número. Es mi número de la suerte, aunque no crea en la suerte.
Por ende, en estos días que estoy un poco al vicio, y que estoy tratando de cambiar tantas cosas de la forma en que he venido viviendo, voy a inaugurar una de las preciosas libretitas que me compré en Europa este año, empezando, creo por la de Edinburgh y voy a repetir el rito.
Tanto va el cántaro a la fuente, que seguro un día se rompe. Es la estadística, dummy.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Estoy tan contenta que me dan ganas de teñirme de rubia. Eso sí, no me pregunten cuál sería la relación entre una cosa y la otra. Me parece que es porque te da un aire más despreocupado que el castaño. Cuando me veo en el espejo, a veces pienso que me veo cansada y un poco apagada.
Estoy por volver a dejar de fumar. Estoy tachando endemoniadamente tareas de mi To Do list. Incluyendo la administración pública, para quienes, básicamente, somos unos condenados a muerte, por lo cual nos tratan como tales. Completan la formación actividades antes impensadas puesto que mi tiempo y energía se los llevaban las multinacionales, cambiar la cuchilla a la licuadora, hacer arreglar la valija, averiguar cuánto sale una máquina de coser, ir a pelearme con OSDE. Pelearme con Vomistar. Pelearme con Cablevisión. Con quién más me puedo pelear? En fin, igual voy y todavía bajo el efecto escocés sonrío indiscriminadamente y soy amable. Who knew.
En estas semanas que empecé un trabajo free lance, y, como dicen en la TV estoy llena de proyectos, en mi mejor momento. Eso que siempre me parecía un cliché y hasta un eufemismo para estar desesperadamente buscando trabajo y/o novio. Pero ahora lo puedo afirmar en toda su anchura y sé exactamente lo que se siente.
Espero que a fin de mes me entre mi primer pago de esta nueva vida. No sé por qué me pasé tantos años encerrada en una oficina, con lo que padezco el confinamiento. Es una absoluta tortura para mí. Siempre creí que DEBÍA. Debía esto o lo otro. Quién carajos me lo dijo? Por qué me lo creí!
Bueno, el movimiento se demuestra andando. Vamos a ver si puedo sostenerlo.
Quién era ese que dijo que el estado de la felicidad perfecta es cuando soñamos despiertos sobre nuestra futura felicidad? Ah, si, era Pascal, me confirma el escocés. Espero no estar haciendo eso. Pero que me siento feliz, me siento feliz.
Estoy por volver a dejar de fumar. Estoy tachando endemoniadamente tareas de mi To Do list. Incluyendo la administración pública, para quienes, básicamente, somos unos condenados a muerte, por lo cual nos tratan como tales. Completan la formación actividades antes impensadas puesto que mi tiempo y energía se los llevaban las multinacionales, cambiar la cuchilla a la licuadora, hacer arreglar la valija, averiguar cuánto sale una máquina de coser, ir a pelearme con OSDE. Pelearme con Vomistar. Pelearme con Cablevisión. Con quién más me puedo pelear? En fin, igual voy y todavía bajo el efecto escocés sonrío indiscriminadamente y soy amable. Who knew.
En estas semanas que empecé un trabajo free lance, y, como dicen en la TV estoy llena de proyectos, en mi mejor momento. Eso que siempre me parecía un cliché y hasta un eufemismo para estar desesperadamente buscando trabajo y/o novio. Pero ahora lo puedo afirmar en toda su anchura y sé exactamente lo que se siente.
Espero que a fin de mes me entre mi primer pago de esta nueva vida. No sé por qué me pasé tantos años encerrada en una oficina, con lo que padezco el confinamiento. Es una absoluta tortura para mí. Siempre creí que DEBÍA. Debía esto o lo otro. Quién carajos me lo dijo? Por qué me lo creí!
Bueno, el movimiento se demuestra andando. Vamos a ver si puedo sostenerlo.
Quién era ese que dijo que el estado de la felicidad perfecta es cuando soñamos despiertos sobre nuestra futura felicidad? Ah, si, era Pascal, me confirma el escocés. Espero no estar haciendo eso. Pero que me siento feliz, me siento feliz.
Neura du jour: and I’m feeling good!, Aventuras, Buenos Aires Me Mata, De Ahora En Más, la educación, Soy Feliz, Work Work Work
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Wallpapers
Por quinta vez me paré frente a la reja de la esquina del barrio que sería perfecto si no tuviera ese ruidoso colegio, cruzando la calle. Pulsé el timbre dos veces, sabiendo aunque no tenía evidencias, que no funcionaba. También sabía que a la hora en que me esperaban, la figura del afable gigante habría salido a esperarme. Son de esas cosas que derivan de una buena educación a la antigua y cuyos códigos me sorprende conocer y más aún encuentro inefables.
Cada visita es como un viaje al pasado. Un viaje sin traslados de tiempo ni espacio. Es como un viaje inmóvil. No sé por qué no me horrorizan los empapelados ruines o las manchas de humedad. Será porque los olores, a los que soy tan sensible, son amables. Tampoco me afecta el amontonamiento caótico de los objetos ni la poca luz. Me inspira porque evoca lo magníficos que supieron ser esos ambientes tan cargados de historias.
La cercanía con Mmme. E. fluye con naturalidad. A veces creo estar hablando con una mezcla de mi madre o mis abuelas. Los dedos largos, las uñas pulidas y elegantes, los gestos de sorpresa, la manera de hacerse sombra con la mano cuando se encandila con los rayos de sol que entran por las ventanas amplias del escritorio, los gestos de resignación, fastidio, rabia, todos son elegantes y moderados. Jamás transmite sentimientos negativos intensos. Tienen una liviandad reconfortante. Como si nada de esas cosas tuviera demasiada importancia. Como si valiera la pena soslayar cosas banales. Justo el tipo de ejemplo de vida o consejo existencial que busco con denuedo.
Trabajamos poco, conversamos mucho, e inevitablemente lo hacemos alrededor del lapsang souchong con locatellis de pavita hechos ex profeso, minutos antes de nuestro rendez-vous y provistos por el afable gigante que la guarda.
Es difícil decodificar las historias ya que a veces se le escapan los conceptos. Siendo casi centenaria es el único efecto negativo, aunque no se entrega a sus limitaciones. Intenta encontrar la palabra que busca, siempre y con determinación. Quizá esa sea la fórmula. Tengo que desplegar todas mis antenas, mis sentidos y echar mano de todas aquellas cosas que estudié en el colegio, poco y mal.
Nunca es tarde.
Cada visita es como un viaje al pasado. Un viaje sin traslados de tiempo ni espacio. Es como un viaje inmóvil. No sé por qué no me horrorizan los empapelados ruines o las manchas de humedad. Será porque los olores, a los que soy tan sensible, son amables. Tampoco me afecta el amontonamiento caótico de los objetos ni la poca luz. Me inspira porque evoca lo magníficos que supieron ser esos ambientes tan cargados de historias.
La cercanía con Mmme. E. fluye con naturalidad. A veces creo estar hablando con una mezcla de mi madre o mis abuelas. Los dedos largos, las uñas pulidas y elegantes, los gestos de sorpresa, la manera de hacerse sombra con la mano cuando se encandila con los rayos de sol que entran por las ventanas amplias del escritorio, los gestos de resignación, fastidio, rabia, todos son elegantes y moderados. Jamás transmite sentimientos negativos intensos. Tienen una liviandad reconfortante. Como si nada de esas cosas tuviera demasiada importancia. Como si valiera la pena soslayar cosas banales. Justo el tipo de ejemplo de vida o consejo existencial que busco con denuedo.
Trabajamos poco, conversamos mucho, e inevitablemente lo hacemos alrededor del lapsang souchong con locatellis de pavita hechos ex profeso, minutos antes de nuestro rendez-vous y provistos por el afable gigante que la guarda.
Es difícil decodificar las historias ya que a veces se le escapan los conceptos. Siendo casi centenaria es el único efecto negativo, aunque no se entrega a sus limitaciones. Intenta encontrar la palabra que busca, siempre y con determinación. Quizá esa sea la fórmula. Tengo que desplegar todas mis antenas, mis sentidos y echar mano de todas aquellas cosas que estudié en el colegio, poco y mal.
Nunca es tarde.
sábado, 9 de noviembre de 2013
El orden de los factores no altera el producto
Recién apenas siento que me volvió el alma al cuerpo, después de haber tenido la dicha de haber podido romper con todo por un rato largo, de haber sanado heridas, pero también la mente y el cuerpo, cuando sucedió algo que me hace creer en cosas que habitualmente niego: la suerte. Será posible que las cosas me salgan a pedir de boca? La sobreadaptación a las inclemencias de la vida, me hace sospechar que la buena fortuna me sea propicia.
El hecho es que empecé a trabajar con una anciana dama, casi centenaria. Lady E. tiene 98 años. Es esbelta, ha sido más alta, aunque camina un poco encorvada, pero se adivina su vida regia, muy educada en el mejor de los sentidos. Su trato es elegante, interesante, y su cabeza funciona a la perfección, aunque como ella declara, se olvida algunos nombres o le cuesta recordarlos rápido. Pero siempre lo intenta y lo consigue, más temprano que tarde.
Tiene el pelo lacio, abundante y canoso, peinado hacia la izquierda. Sostiene el mechón con una hebilla de esas que hacen “clac’ al abrir o cerrar. Usa un sweater de puro cashmere algo apelmazado y con manchas, un pañuelo de twill de seda ajado y deshilachado, un cinturón con una ‘H’ dorada y reveladora. De esas que hablan de plata vieja. Casi no ve y oye poco.
Al llegar al lugar de la cita recuerdo cuántas veces pasé por esa esquina y miré esa casa. En relación a las otras del barrio, ésta se ve un poco ajada. Le falta mantenimiento y lozanía. Las otras casas están pintadas y enduídas y tienen jardines más verdes, veredas más limpias y sin graffittis en los muros.
Toco el timbre y aparece la figura del chofer, inmenso y alto, afable y cordobés. Oír el acento cordobés me da tanto placer como oír hablar francés, italiano, o inglés con algún acento que no sea el norteamericano. Abre la puerta de servicio y subimos cuatro escalones hasta el ascensor. Pulsa el botón de Planta Baja. El ascensor no por viejo anda menos bien. Por un pasillo llegamos a una serie de salones: el ‘Drawing Room’, el Living y la biblioteca. Son ambientes enormes, con techos altísimos, esos que ya no se ven más, salvo en museos. Las ventanas son magníficas y altas y dejan entrar la luz verde que se transparenta por los plátanos de la calle. Pero está oscuro y cuando las pupilas se dilatan para acomodarse a la luz tenue, queda evidente el estado de descuido general. Un descuido que es casi ruinoso. De las paredes cuelgan metros de cortinados pesados de colores que alguna vez fueron amatista y jade. Extrañé la presencia de más muebles grandes, de esos que traían en barcos en los años en que los argentinos esnobeaban a los británicos y éstos comían de nuestras manos. Hay muchas pinturas muy buenas pero intuyo que también habían algunas mejores aún. Una colección de porcelanas, sin embargo, desplegada a lo largo de todas la recepción, me iluminó el día. Gallos, perros, damiselas, relojes… Un botín que hasta emocionaría al anticuario mas flemático.
En un sillón, como olvidado, despreciado y objeto de perplejidad, yacía sentado una pieza de arte óptico-cinético que levantaba el promedio de edad de la fabulosa colección. Aún cuando desafiara el criterio del potencial curador. El mismo efecto produce un canapé modernista, tapizado en furioso terciopelo anaranjado. El definitivamente atrevido criterio curatorial quedó consagrado con una cómoda laqueada de fucsia luminoso, parado contra una pared en el ala privada del norte.
Es de las experiencias cuyos estímulos iluminan las zonas más felices de mi cerebro. Las mismas que se activan cuando estoy sumergida en la naturaleza o atravesando aventuras que me llenan el alma.
http://www.youtube.com/watch?v=OfJRX-8SXOs
El hecho es que empecé a trabajar con una anciana dama, casi centenaria. Lady E. tiene 98 años. Es esbelta, ha sido más alta, aunque camina un poco encorvada, pero se adivina su vida regia, muy educada en el mejor de los sentidos. Su trato es elegante, interesante, y su cabeza funciona a la perfección, aunque como ella declara, se olvida algunos nombres o le cuesta recordarlos rápido. Pero siempre lo intenta y lo consigue, más temprano que tarde.
Tiene el pelo lacio, abundante y canoso, peinado hacia la izquierda. Sostiene el mechón con una hebilla de esas que hacen “clac’ al abrir o cerrar. Usa un sweater de puro cashmere algo apelmazado y con manchas, un pañuelo de twill de seda ajado y deshilachado, un cinturón con una ‘H’ dorada y reveladora. De esas que hablan de plata vieja. Casi no ve y oye poco.
Al llegar al lugar de la cita recuerdo cuántas veces pasé por esa esquina y miré esa casa. En relación a las otras del barrio, ésta se ve un poco ajada. Le falta mantenimiento y lozanía. Las otras casas están pintadas y enduídas y tienen jardines más verdes, veredas más limpias y sin graffittis en los muros.
Toco el timbre y aparece la figura del chofer, inmenso y alto, afable y cordobés. Oír el acento cordobés me da tanto placer como oír hablar francés, italiano, o inglés con algún acento que no sea el norteamericano. Abre la puerta de servicio y subimos cuatro escalones hasta el ascensor. Pulsa el botón de Planta Baja. El ascensor no por viejo anda menos bien. Por un pasillo llegamos a una serie de salones: el ‘Drawing Room’, el Living y la biblioteca. Son ambientes enormes, con techos altísimos, esos que ya no se ven más, salvo en museos. Las ventanas son magníficas y altas y dejan entrar la luz verde que se transparenta por los plátanos de la calle. Pero está oscuro y cuando las pupilas se dilatan para acomodarse a la luz tenue, queda evidente el estado de descuido general. Un descuido que es casi ruinoso. De las paredes cuelgan metros de cortinados pesados de colores que alguna vez fueron amatista y jade. Extrañé la presencia de más muebles grandes, de esos que traían en barcos en los años en que los argentinos esnobeaban a los británicos y éstos comían de nuestras manos. Hay muchas pinturas muy buenas pero intuyo que también habían algunas mejores aún. Una colección de porcelanas, sin embargo, desplegada a lo largo de todas la recepción, me iluminó el día. Gallos, perros, damiselas, relojes… Un botín que hasta emocionaría al anticuario mas flemático.
En un sillón, como olvidado, despreciado y objeto de perplejidad, yacía sentado una pieza de arte óptico-cinético que levantaba el promedio de edad de la fabulosa colección. Aún cuando desafiara el criterio del potencial curador. El mismo efecto produce un canapé modernista, tapizado en furioso terciopelo anaranjado. El definitivamente atrevido criterio curatorial quedó consagrado con una cómoda laqueada de fucsia luminoso, parado contra una pared en el ala privada del norte.
Es de las experiencias cuyos estímulos iluminan las zonas más felices de mi cerebro. Las mismas que se activan cuando estoy sumergida en la naturaleza o atravesando aventuras que me llenan el alma.
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