"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)
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sábado, 9 de enero de 2016

Envuelta en fuego

¿Que qué me pasa por la cabeza? Me pasan tantas cosas que podría decir que no sé por dónde empezar. Pero son básicamente dos cosas: Como Serrat, Un día de estos he de plantearme/muy seriamente dejar de fumar/con esa tos que me entra al levantarme. Para esto fui a ver por tercera vez, que espero sea la vencida, a mi admirado Dr. Bergman. Es cardiólogo, trabaja con adicciones, pero la verdad es que el tratamiento para dejar de fumar es totalmente secundario a las charlas que con él puedo tener.

Me pregunta que cómo estoy, que cómo me fue esta semana y le digo que me parece que fumé más, que estoy ansiosa y fastidiada. Me pregunta cuántos fumo durante el trabajo y le digo que si acaso uno. Que fumo uno antes de irme a trabajar y a la noche cinco o seis. Sobre todo que ahora me cuesta más irme a dormir porque me cuesta conciliar el sueño.

Me propone fumar máximo 5 por día y fumar al aire libre, no adentro de mi casa. Si acaso en el balcón. Acato y seguimos con los temas importantes. Hablamos de los padres, de la escritura, del proceso creativo, de las motivaciones para la creatividad, de lo que hace feliz a la gente. Me habla de la conferencia de Ted Robinson sobre ‘El Elemento’, aquel lugar donde la aptitud y el deseo se encuentran. Me habla de Elisabeth Kubler-Ross y las etapas de la aceptación (de la muerte) que muy bien se adecuan al duelo de dejar a ese amigo que es el cigarrillo. Ese que te acompaña y siempre asiente. No te cuestiona, ni te critica ni te recuerda lo que deberías ser. No te señala que no diste todo lo que pudiste, y así. Divorciarse del cigarrillo es difícil. Aunque ya lo conseguí dos veces espero que esta sea la vencida. No quiero terminar como mis tías viejas, cuyos vicios y excesos les marcaron la cara, el cuerpo y en definitiva, la vida. No quiero caer desplomada en el medio del parque y en el medio de un juego de croquet como mi tía María Clara. No quiero tener el cutis gris como lo tenía mi tía Rosa. Y así siguiendo. Pero a veces pienso que es casi inevitable no ya transformarnos en nuestros padres, sino que además terminamos pareciéndonos también a nuestros tíos, sobre todo si fueron siempre muy cercanos durante toda la vida.

Todas las cosas que me dice Bergman apelan a un sitio muy sensible en el cerebro, a ese sitio donde casi nadie nunca llega. No sé cuál es pero es mi talón de Aquiles, el botón de reset, ese que ni yo misma sé dónde está y por lo tanto no puedo usar cuando querría. Me persuade de una manera que voy casi como una autómata a perseguir mi objetivo, que siempre pienso que tengo una intención imperfecta, pero no obstante me expongo a la posibilidad de que funcione mi propósito de dejar de fumar. Dos veces ya funcionó, repito. Hablamos de la culpa judeocristiana, hablamos sobre cómo talló nuestras personalidades y cómo podemos hacerla actuar a nuestro favor.

Me dijo que tengo una cualidad que es buena. Que es que en algún punto me río de mí misma. Le digo que en eso me parezco a mi mamá, o al menos de ella lo aprendí, quizás por ósmosis. Cuando las cosas no tienen remedio, y me doy cuenta de que no hay nada que pueda hacer, después que ya probé todo, entonces y sólo entonces, y ante el agotamiento de los recursos, que nunca son pocos, entonces vomito una carcajada, aunque un poco desesperada. Después las endorfinas harán el resto.

Cuando me propuso otro ejercicio, “ya que te gusta escribir”, pero, a la sola mención del título, se me hizo un nudo en la garganta. Me dijo que me imaginara que es mi cumpleaños número 80 y que tres personas reales o imaginarias me escriben una carta. O que cuál podría ser mi epitafio. Si yo lo pudiera elegir, mi epitafio sería: “Su dolor se disolvía en una estentórea carcajada”.

Otro ejercicio que me propuso fue que escribiera las cartas que me gustaría que me escribieran si llego a los 80, que a este paso es difícil. Me gustaría recibirlas de Ian, de Rocío y quizás de mi amiga Martita, o Laura P., que yo creo que son quienes me conocen más acabadamente; y eso que soy muy complicada.

Me dijo como si fuera obvio que tengo poca autoestima. Yo coincido en que es la fuente de todos mis males y le cuento cómo cuando era niña, en mi tribu, era un pecado capital ser ‘pillada’, o sea presumida, presuntuosa, orgullosa. Cualquier brote diferente a la humildad más franciscana era pisoteado como una cucaracha, antes de que exhalara la primera molécula de aire.

Bergman es cardiólogo pero, me dijo, igual que yo, también en algún punto estudió medicina por mandato familiar. Si bien a mí me dieron mi bendición para estudiar Bellas Artes, ya que era más o menos obvio que era mi camino -al menos en ese momento- pero, claro, tuve muy muchos mandatos, otros. Me sigue diciendo que en realidad a él le habría gustado ser músico o actor, y que en su otra actividad, que es lidiar con las adicciones, siente que tiene un outlet para esas aficiones. No estoy muy segura de cuán alineada está la docencia con la actuación o la música. Según Lole, mi colega del trabajo, está lleno de médicos que tocan algún instrumento.

En cualquier cosa creo que esto de dejar de fumar me va a provocar una huida hacia adelante en la forma de escribir. Porque qué voy a hacer con el ansia, la ansiedad, la desesperación, el malhumor, y todos esos sentimientos cotidianos con los que vivo? Si sirve para tenerme escribiendo seguido, pero lo que se dice seguido, pues entonces la escritura bien vale largar el pucho.

Como propósito para este año nuevo me he fijado sólo dos objetivos: dejar de fumar y escribir. Empecé bien, porque a día 7 de enero ya hace dos semanas que empecé el tratamiento para dejar de fumar y varias semanas de haber retomado el taller. El otro día tuve una epifanía semi vigil en la que me di cuenta que esto es lo que tengo que hacer. Escribir. No importa si es aburrido. No importa si es monotemático. No importa si es self-centered. Por algún lado hay que empezar. Hay que adquirir el hábito. Hay que necesitarlo como el aire. Hay que desoír las voces del desánimo propias y ajenas. Hay que pasar por sobre encima de todo. Ayer me sentía una bola de fuego impulsada por un tornado. Me sentía fuerte y de buen humor. Seguro que en parte debido a una de las acciones colaterales de la droga: ‘sensación inusual de bienestar’. Esa fue mi motivación secreta principal para dejar de fumar: que me dieran esa droga con tan deseable efecto colateral. Encima when it kicks in, provoca la deshabituación del tabaco. De hecho cuando B. me preguntó si notaba algún cambio, aunque yo le contesté que creía que no, me preguntó si por casualidad no encontraba difícil terminar los cigarrillos. Y le dije que sí!!! Qué bueno!! entonces está empezando a hacer efecto.

Como las otras dos veces anteriores, seguro me va a hacer poner fecha para el día señalado en el que voy a dejar de fumar definitivamente. Hablando de vicios, culpas, religiones y símbolos, cada vez elegí fechas señaladas, que me hablaran.

El fin de semana, cuando eskypeé con Ian, después de haber hablado sobre las celebraciones de Hogmanay, desembocamos en el tema pucho. Es un santo. La verdad es que no puedo creer que le puedo fumar en la cara y ni pestañea. Así como es de fóbico con casi todos los seres de la existencia, a mi me banca todo. Casi demasiado. A veces me da miedo de que me mande a la mierda. Si yo fuera él ya me habría mandado a la mierda hace añares. Bueno, el asunto es que cuando le dije que estaba buscando una fecha para dejar de fumar, pero tenía que ser una fecha simbólica, me dijo que entonces tenía que ser el 25 de enero, el día del héroe nacional escocés, Rabbie Burns. En esa noche, los hombres celebran a las mujeres, entre otras cosas. Ian siempre me recita poemas de Burns. Con acento escocés y todo. El efecto es demoledor. Pues bien. Entonces, la semana que viene cuando lo vea al Dr. B., y me haga elegir una fecha, voy a elegir el 25 de enero. Veremos cómo me va. Si lo consigo, me imagino que el resto del año, como me merecería, podría fluir como un barco en una laguna, como una mano sobre la seda, como una brisa en una mañana de verano. Todo esto puede suceder.


Casi diría que no puedo parar de escribir. Estoy esperando que me interrumpa mi jefe. Menos mal que puedo escribir porque si no creo que agotaría a la gente a mi alrededor con mi cháchara. Cambio y fuera. Me voy a ganar el pan. Digo las vacaciones.

martes, 8 de diciembre de 2015

La última compra

Gracias a la desgracia de mi pobre amiga-hermana Sol, me subí a un avión y la fui a visitar. Por suerte no tuve que pagar el pasaje con plata, porque me revienta pagar pasajes. Éste, después de años de ahorrar millas, lo conseguí gratis. Tengo claro que lo rico engorda, lo bueno es caro y lo divertido (muy divertido) es ilegal o poco católico. Tanto esfuerzo para viajar como un osito de peluche en una cajita de regalo... incomodísimo. Todo lo contrario a cuando el Gordo me invita de viaje y me lleva en business. Esta es la vida que me merezco, pienso, citando interiormente a mi ex colega, María. Igual nunca tuve muy claro eso de merecer o no merecer. Mi educación más bien implicó que jamás pensase merecer mucho. O más bien nada. Todo empezó cuando era niña. Pasábamos mucho tiempo durante  las vacaciones de invierno y verano en el medio de la selva misionera acompañando a mi padre, quien por entonces construía la ruta 12. Allí, Margarita, la cocinera del campamento de vialidad donde vivíamos, hacía unas pizzas gruesas y grasosas que detestábamos tanto o más que tener que compartir todo con su hijita Yrupé. Pobrecita Yrupé no hacía nada mal, pero todo el mundo la malcriaba, en franco contraste con la educación tan estricta que recibíamos los hijos del ingeniero. Teníamos que dar el ejemplo. Un día descubrí a Margarita con su novio hablando atrás de la ventana de la cocina, pegados a la pared que daba a la selva recién cortada para abrir el claro donde se iba a asentar el campamento. Ella le gritaba --”Me llenaste de bichos!!!” Le pregunté qué qué bichos pero no me contestó. Todavía no entendía muy bien si el novio de Margarita era el padre de Yrupé o no. Y me quedó la intriga sobre a qué bichos se refería, hasta que lo pude entender.

Llegaba la Navidad y partimos con mamá al pueblo a comprar regalos. A los chiquitos los dejamos en el campamento. Yo ya era grande y ligaba estos programones. La alternativa era ir a robar naranjas en la plantación de al lado. Y después tener diarrea por comerlas calientes.  Los nombres de los pueblos que jalonaban la ruta 12 quedaron grabados en mi memoria de preescolar. Tanto que, desde entonces, cada vez los vuelvo a oír o leer, automáticamente huelo madreselvas y azahares. Oberá, Jardín América, Puerto Rico, Garuhapé, Puerto Piray, El Dorado, Puerto Esperanza, eran los nombres fabulosos de este lugar verde y óxido. Pero mi favorito y más evocador fue el último en el que recalamos antes de la fatalidad que nos hizo perder súbita y forzosamente la felicidad que nos era habitual. Wanda.  No recuerdo nada del pueblo, pero no puedo olvidar la tienda de abarrotes. Era mucho menos provista que la pulpería del campo en el sur de Buenos Aires a la que estábamos habituados. En la última había salames, vino, tiento, cojinillos, mates, matras, desinfectante y otros objetos imposibles de identificar o mejor aún de utilizar a esa altura de la vida. En cambio en Wanda había muñecas con rulos rubios con cachetes pintados con purpurina, víboras articuladas, tapires, tortugas monos  y otros animales de la selva hechos de caña, mates de metal coloreado con biselados geométricos y ropa interior de colores fluorescentes. Todo tenía colores. No como en la pampa que todo era de colores neutros. Como las bombachas blancas de algodón, las únicas que había conocido en mi vida hasta entonces.  Elegimos los regalos para que iba a traer Papá Noel: para mi la muñeca, para Manolo la víbora, para Matías una tortuga, para Mimi una muñeca de trapo. -- “¿Y para Yrupé? Uy! ¡nos falta un regalo para Yrupé! Bueno. Ya se, dijo mi madre. Comprémosle unas bombachas de colores. Una verde loro y otra amarillo canario”.  Yo pensé, todo muy selvático. Me pareció apropiado. Todo terminó satisfactoriamente. Nos subimos al auto hirviendo bajo el sol tropical de la selva misionera y manejamos por los caminos colorados bajo el sol abrasador. En esa época el aire acondicionado era un bien escaso.

Cuando estábamos por llegar al campamento, mamá frenó el auto y sin bajar, abrió la boca, tomó aire  y me dijo: “Viste que por cada acción buena que uno hace, Dios te da unas estrellitas que te guarda en el cielo. Qué te parece si le damos la muñeca a Yrupé y vos te quedás con las bombachitas ‘de estrich’.” No supe muy bien cómo negociar entre el estupor y la promesa del premio, por lo cual ante la duda opté por avenirme a la propuesta, confiada en el promesa de mi madre. Mi pobre ser de 6 años. Esa fue la fundación de mis cuitas morales, las cuales hasta el día de hoy me acosan en los momentos más inoportunos. Aunque por suerte, a veces me espabilo y hago excepciones.

Finalmente cuando mis millas me llevaron a DC, así como llegué y casi sin deshacer la valija, y antes de que me asaltaran pensamientos contrarios, me dirigí al Apple Store más cercano, y fui y me compré el iPhone más grande, más brillante, más lindo y con más capacidad. Todavía me sigo vengando del cambiazo de las bombachitas.

sábado, 4 de enero de 2014

Locos

Últimamente me he rodeado de gente con capacidades diferentes. Capaz que algo quiere decir. Trabajo para una persona de casi un siglo. Mi peor es nada es casi Asperger's, mi mejor amiga por ahí le anda. Mi otro amigo es, según él bipolar. 

O estoy demasiado cerca y por ende no veo que nadie sea normal, o el viento nos amontona. Creo que es lo segundo.  También implica ver al mundo de una manera especial, probablemente con un poco más de dolor y  lucidez que el ciudadano promedio. Y por añadidura con la consabida infelicidad. 

Acá es cuando aprecio monumentalmente lo que quizá fuera el legado más importante de mi madre: el sentido del humor. Ante el absurdo de la vida, el dolor, la injusticia, las cosas sin remedio... afirmaba que todo debía disolverse en una estentórea carcajada. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Dior Gratias

Qué es esto de Thanksgiving?! La celebración del día de Acción de Gracias antes no la entendía. Quizá por que he sido muy ingrata. Pero si entiendo que es de bien nacidos ser agradecido, he entendido que dar gracias es bueno para el alma de uno. Entonces voy a hacer un ejercicio. 

TO WHOM IT MAY CONCERN: 
Agradezco que sea primavera y que el cielo de ese azul límpido no tenga nubes a la vez que está fresco, mientras que los jacarandaes y los lapachos y dentro de poco las tipas y por qué no las pasiflora edulis o mburucuyá me sorprenden colgando de las rejas del zoológico. Aunque mis favoritos son los tilos, bajo cuyas grandes hojas y flores doradas y fragantes adoro caminar y me sedan instantáneamente. 
Agradezco que el zorzal cante extemporáneamente porque me recuerda que existe la naturaleza, ese paraíso del que vivimos exilados, pero que como una pieza de relojería cumple puntualmente sus tiempos y cambios aunque olvidemos que no somos más que una pequeña parte de ese (parte de otro) todo que se llama Cosmos.
Agradezco la lluvia torrencial, que enjuaga la ciudad, y la llovizna que anodinamente rocía los parques y jardines aunque el sol rajante deshaga su trabajo tan rápidamente.
Agradezco el agua en todos sus estados, cuando me lavo las manos porque las siento secas o con polvo, cuando me baño y me siento que me renueva y me alivia los efectos del trasiego metropolitano, cuando puedo nadar, flotar, o sufrir el embate de las olas, cuando está fría y es como un despertador que me saca de la modorra. Cuando corre y busca su camino implacablemente hacia su destino a veces secreto.
Agradezco las flores, especialmente los jazmines y las peonías, y su fragancia.
Agradezco que mi MAC me sobresalte anunciándome las horas con el acento escocés de “Fiona” que aunque yo lo programé, me lo olvido, y me hace creer que estoy en Escocia.
Agradezco los campos de trigo, verde y maduro, que me recuerdan al mar y me quiero sumergir y nadar.
Muchas cosas agradezco, pero el día comienza y aunque no lo dije agradezco tener cerca personas que quiero tanto, que me inspiran, que admiro, y ver el vaso lleno también es un ejercicio. Hablando de vasos me voy a lavar los platos. Pero antes otro pensamiento: 
Al final me admito que creo ser una verdadera adicta. En el sentido sobre todo de mi incapacidad de comunicarme y de su frustración concomitante. Creo que eso está en el fondo más profundo valga la redundancia, de muchas de mis afecciones. 
Entendiendo esto automáticamente lo puedo ilustrar con un sueño recurrente y angustioso en el cual tengo pinchados en la lengua y labios millones de alfileres como si fuera esa almohadilla de pinchar alfileres y agujas. Todo inicia en la incapacidad de decir las cosas. Soy verborrágica naturalmente. Sin embargo no tiene nada que ver con que sea capaz de transmitir mis sentimientos sobrepasando la vergüenza, la cortesía, el decoro, los miedos, la educación  y quién sabe cuántas cosas más que me lo impiden. 
Alguien me dijo hace poco que si no fuera por la válvula de escape que supone la escultura, estaría loca. Quizá loca linda, pero loca al fin. Un par de veces en mi vida he tenido la sensación de estar por volverme loca. Creo que secretamente algo loca soy. Me río interiormente.  
Anyway, (con acento escocés, que suena tipo énewi) hace seis días que no fumo y es muy interesante todo lo que encierra un rollito de tabaco. Incinera cosas que uno debería decir, tapa la boca de gritos que uno debería pegar. Pero mejor, mucho mejor es dejarlo salir. El desafío es hacerlo a lo británico. Amablemente, aunque no sin firmeza. 
Cumplí años (y emulando a la dama con la que estoy trabajando que tiene 98 años pero para quien la edad es una entelequia) mi madre se murió, tampoco tengo padre, y siento que al fin dejé mi vida atrás. Mi vida azarosa, difícil, dura, injusta, dolorosa, equivocada, cruel, al fin siento que la puedo dejar atrás. Nunca es tarde para nada. Siento el poder físico de dar vuelta la hoja. Me visualizo pasando una pesada hoja de pergamino y acabar con muchos capítulos malos. Es hora de que yo tenga una vida con más suerte, como me dice el escocés. Es hora que viva mejor, que sea más feliz, que sea más leve, que me enoje menos, que sea menos perfeccionista, que no sufra al vicio. 
Es hora. Veremos cómo me va. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Estoy tan contenta que me dan ganas de teñirme de rubia. Eso sí, no me pregunten cuál sería la relación entre una cosa y la otra. Me parece que es porque te da un aire más despreocupado que el castaño. Cuando me veo en el espejo, a veces pienso que me veo cansada y un poco apagada. 

Estoy por volver a dejar de fumar. Estoy tachando endemoniadamente tareas de mi To Do list. Incluyendo la administración pública, para quienes, básicamente, somos unos condenados a muerte, por lo cual nos tratan como tales. Completan la formación actividades antes impensadas puesto que mi tiempo y energía se los llevaban las multinacionales, cambiar la cuchilla a la licuadora, hacer arreglar la valija, averiguar cuánto sale una máquina de coser, ir a pelearme con OSDE. Pelearme con Vomistar. Pelearme con Cablevisión. Con quién más me puedo pelear? En fin, igual voy y todavía bajo el efecto escocés sonrío indiscriminadamente y soy amable. Who knew. 

En estas semanas que empecé un trabajo free lance, y, como dicen en la TV estoy llena de proyectos, en mi mejor momento. Eso que siempre me parecía un cliché y hasta un eufemismo para estar desesperadamente buscando trabajo y/o novio. Pero ahora lo puedo afirmar en toda su anchura y sé exactamente lo que se siente. 

Espero que a fin de mes me entre mi primer pago de esta nueva vida. No sé por qué me pasé tantos años encerrada en una oficina, con lo que padezco el confinamiento. Es una absoluta tortura para mí. Siempre creí que DEBÍA. Debía esto o lo otro. Quién carajos me lo dijo? Por qué me lo creí! 

Bueno, el movimiento se demuestra andando. Vamos a ver si puedo sostenerlo. 

Quién era ese que dijo que el estado de la felicidad perfecta es cuando soñamos despiertos sobre nuestra futura felicidad? Ah, si, era Pascal, me confirma el escocés. Espero no estar haciendo eso. Pero que me siento feliz, me siento feliz. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

Qué dolor

Apenas llegada de vuelta de mi sabático, enganché una peli, empezada, como las mejores película por supuesto, (o la ví en el avión?) en la que Kate Hudson, una desenfadada ejecutiva, se entera de que tiene cáncer. Históricamente siempre lidiaba con los problemas con una risa descalificadora. 

Pero la enfermedad empieza a limarla anímica y físicamente. Sus amigas la acompañan, se enamora del médico, en contra de las recomendaciones de todos, y la madre, más tarde, hace su entrada en la piel de Kathy Bates. Que me gusta muchísimo. 

Ella que era independiente, resuelta, llena de vida, sin miedos, divertida, querida, y además se quería diferenciar de su madre -típicamente- en un momento le pide perdón por haberla tratado mal. Siempre.  Ya estaba diezmada por la quimioterapia, las infecciones… en el lecho de muerte. Y su madre, con todo el amor del mundo, y también haciendo gala de grandeza de espíritu inmensa, cosa que seguro había heredado la hija aunque no lo supiera o quisiera admitir, le  asegura que es lo que las hijas hacen a las madres. 

La escena se me clavó en el alma y me hizo pensar, arrepentirme, y encontrar también cierto consuelo. Pero lo mejor que me di cuenta, es que tengo ganas de ver a la mía, de encontrarnos, de oler su perfume, de ver sus manos largas y añosas pero siempre bien arregladas, su mirada intensa y dulce, su gesto no sin cierto rictus.Sé con toda mi alma y me gustaría muchísimo volvernos porque gracias a su sentido del humor las dos podríamos estallar en sendas estentóreas carcajadas. 

jueves, 20 de enero de 2011

The Connector

Cuán a menudo me acuerdo de los consejos y apreciaciones desinteresados de mis amigos más entrañables e íntimos. Por ejemplo, de aquella vez que Iolande afirmó tan rotundamente que imprimió para siempre: "Ay, Cosima, ¡es que vos hacés todo mal!".

Y tiene mucha razón. He aquí un ejemplo. Acabo de realizar una transacción brillante, en modo remoto. Y como muchas otras veces, los beneficiados fueron los otros.

Está mal perpetrar actos desinteresados y encima de una efectividad y adecuación impolutas. Está muy mal que yo no haga cosas así por mí. Algo está rematadamente jodido por ahí adentro.

martes, 23 de febrero de 2010

Wolfie 2010

En un rato me encuentro con mi némesis más temido, mi amigo Wolfie.

Como siempre, me preparo para el encuentro, no sin una innegable cuota de angustia, esperanza, vértigo ...

Parte del miedo que me da encontrarme con él es porque tiene una imagen de la que fui en mis dos vidas anteriores. Sin embargo en esta tercera etapa de mi vida, aunque me sienta tan diferente, el nervio sensible de la que fui, vive en mí, aún a pesar de mis esfuerzos por negarlo.

Se me ocurrió buscar el significado de némesis, que más allá del sonido amenazante que me provoca, me sorprendió que la diosa mítica castigaba a los hijos desobedientes. Con razón! Siempre fui esa. Y Wolfie lo sabe.

sábado, 16 de enero de 2010

DarwinTown

Como me había propuesto, y en pleno ejercicio del que pienso será mi lema de este año 'lo mejor es enemigo de lo bueno', heme aquí depositando algunas palabras. Aún cuando mis neuronas estén más apaleadas que de costumbre, debido a la ociosidad, el alcohol, los trasnoches, y las pésimas compañías. Lo notable es que eso es lo que considero el contexto perfecto para desenchufar, descansar, y disfrutar. Leí un par de libros olvidables, pero finalmente encaré 'El Museo de la Inocencia' de Orhan Pamuk, que tantas alegrías me está dando. Y mi mente me jugó una pasada desagradable cuando dejé apartados en un pilón cosas que no debía olvidar ... y olvidé. entre ellas se encontraban el Ulyses (menos mal) y Sábado de Ian MacEwan (Lástima).

Pasé unos días en esta zona tan increíble en todos los sentidos como Punta del Este. La elijo porque me gustan sus playas, el mar, el clima estable lo cual en general significa menos viento que en la costa atlántica. Siempre amé el océano. Me gusta sentarme o caminar, y contemplar su inmensidad y mi pequeñez, valga la obviedad.

Sin que pudiera remediarlo, acabé casi en el área mas ardiente de la pelotudez sudamericana. Pero ello no quitó que hiciera mi silencioso y corrosivo estudio demográfico. Cada vez que voy me golpea el desarrollo urgente, descarado y demasiado ostentoso para mi gusto. Pero ya a los casi 5O ya sé que el mundo está lejos de ajustarse a lo que a mí me gustaría. No me resulta del todo imposible digerir que haya personas más aptas que otras y que por lo tanto puedan disfrutar de las consecuencias de su habilidad para prosperar - casi exclusivamente económicamente, claro está.

Pero en mi alma postcatólica, patricia renegada, artística, sociable y a gatas intelectual, me repugna cuando viene acompañada de la más descarnada condición lobuna de la humanidad. En la cámara Gessell que terminó siendo la casa donde vivimos un grupo de amigos y extraños, criados por Dior y juntados por las circunstancias, tuve ocasión de presenciar la peor versión de los seres humanos en convivencia. El programa realístico de TV palideció alevosamente en comparación con este miniexperimento del que tuve la ocasión de participar.

Con todo, encontré intuitivamente y por azar, la manera de de presenciar las muchas miserias de mis ¿amigos?. Si en algo contribuyó fue a que me sentí tan ... ¡NORMAL!

jueves, 24 de diciembre de 2009

En Caliente

No es facil escribir sobre lo que uno cree. En lo personal no creo en muchas cosas. No creo en el Dios que me enseñaron, no creo en la religion, ni creo en la bondad innata del ser humano. Creo en el esfuerzo, en la experiencia, y en la bondad aleatoria o interesada: aquella que nos hace entender que recibimos lo que damos. Y al revés. Por lo tanto es de las pocas cosas sobre las que tengo certeza. Otra es que todos moriremos y sin embargo vivimos como si fueramos eternos. Y a veces debimos hacer más planes, aunque claro, estos rara vez se cumplen porque en general el cosmos conspira en nuestra contra. Asi que, como se ve no creo en mucho. Creo que hay que ser muy valiente para poner esto por escrito y tomar conciencia de que uno esta muy solo en el universo. Pero es lo que tenemos.

sábado, 14 de marzo de 2009

Hoy tiré viejas hojas/de esas que hablaban del pasado....

Ayer fuimos una vez más a la casa de nuestra madre. El objetivo buscar documentos y avanzar en empezar a vaciar la casa. Todo transcurrió fluidamente hasta que me topé con el cajón del material de traducción. Era una traductora pública y había trabajado en grandes empresas, casi todas industrias bastante pesadas y duras, desde dragado de puertos, hasta centrales nucleares, pasando por un mundial, varios estudios de abogados, lineas aéreas, agencias de noticias internacinonales...

Me tomó por sorpresa encontrar, en la pila de glosarios, un cuaderno con notas manuscritas. Toparme con su caligrafía alta, algo apretada, un poco torneada, orgullosa y esmerada, fue como si me hubiese caido un meteorito en la cabeza. Quizá asociaba a mi madre a la traductora, por sobre todos sus otros roles de madre, esposa, amiga (de los demas), persona sociable, etc. etc.

Creo que la definió su manera de entregarse a su vida con pasión y sentido de la tragedia abrevadas en su amado Wagner y sus obras. Muchas veces pienso que era una persona que difícilmente se la pudiese considerar indiferente. Se arrojaba con pasión a las cosas que encaraba. A su trabajo, a la risa, a cuidar a su marido enfermo y convalesciente como si fuera una heroína de las peliculas del año 5O - como esas enfermeras que curaban a los soldados de guerra con un sentido muy romántico del amor y del dolor. Creo que la definió su honestidad. Brutal. Radical. Extrema.