Me gustan las yeguas porque son lindas. Son lindas porque ... Ah, la salvedad es que estoy hablando de la raza polo pony, aunque incluya los thoroughbred. El pelo brilloso, cortito, pegado a la piel, suave, que deja transparentar los músculos y venas, los tendones y cavidades, me generan lo mismo que los brazos de hombre rubio o pelirrojo, curtidos por el sol. No abundo por una cuestión de dignidad apenas sostenida.
Me gustaría ser una yegua en alguna vida, si fuera posible. Me gusta correr furiosamente, a la par de otras a ver quién gana. Su brío y su carácter arisco me son rasgos familiares, más aún, interesantes y bellos. Revelan impulso, experiencia, ganas, entusiasmo, sensibilidad. Ser arisca es una virtud más que un defecto. Por qué, acaso las mujeres tenemos que soportar tantas cosas que no deberíamos? Es un recurso para defenderse.
Pero cuando las topadoras y las aplanadoras al borde de las rutas están en pleno funcionamiento, tengo que luchar para no chocar, porque difícilmente puedo seguir manejando sin poder despegar los ojos de estos cacharros tan entrañables para mi. Me gusta cómo cavan la tierra, como la amontonan, la esparcen y la aplanan. No me gusta verlas paradas sin hacer nada mientras decenas de operarios comen asado y ellas quedan olvidadas al rayo del sol.



