"¿Cree usted que si lo pudiera decir con unas cuantas palabras, me tomaría el enorme y brutal trabajo de bailarlo?" (Isadora Duncan)

sábado, 14 de junio de 2014

El Asteroide

Dicen que viajando se fortalece el corazón. Cuantas veces echo mano de cosas que conocí o aprendí en viajes, revive mi ilusión por viajar y vivir. 

Hace unos pocos días, mi peor es nada, me reenvió un correo de una de sus estudiantes, donde contaba y advertía que en la reunión anual que iba a llevarse a cabo en Firbush, cerca de Perth, Escocia, entre medio de las montañas, al lado de un lago, iba a usar siempre un pañuelo en la cabeza. O sombrero. Todos sabemos que en Escocia hace siempre frío. Aún en verano. O primavera. Según nuestros estándares, en Alba hace siempre frío. Por eso no llama la atención. Sí la advertencia. 

Hacía algún tiempo que Ian me contaba que Riinu hacía cosas raras con su pelo. Lo último fue teñírselo de verde. Riinu es una chica de veintialgos, no muchos. Es de Estonia y no es una joven común, por supuesto siempre de acuerdo a nuestros estándares. Los argentinos, que ya se sabe somos de estándares bastante angostos. Riinu le dio su nombre a un planeta menor descubierto hace unos años por un grupo de científicos quienes lo bautizaron con su nombre, como premio a una presentación en una feria de ciencias de su colegio secundario. 

Riinu es una chica algo diferente. Sabe mucho de música clásica; toca varios instrumentos. Está haciendo un doctorado en geofísica. Le tienen mucho respeto, a veces rayando el miedo. Yo les digo que es por su clara altura intelectual y su fortísima personalidad. Me cayó re bien cuando la conocí. Hay que soportar un poco su mirada ultra inquisidora. Casi como un ultrasonido es su mirada. Pero es benevolente también. 

Me encantaría poder comentar todo esto con ella. Pero estos PhDs no son muy dados a hablar de cosas personales. Me gustaría confortarla. Que una chica tan joven, linda e inteligente estuviera enferma, me golpea demasiado. Pienso en mis sobrinos y me da espanto de lo que les podría pasar.  Pero rápidamente me desalentaron. Así que me llamé a silencio. Es claro.  En estos países nórdicos nadie se queja de sandeces. Apenas sí de las cosas importantes. Perder totalmente el pelo no es un problema. Es un hecho. Y se remedia abrigándose la cabeza. 

Hace días que este hecho me ayuda a tomar perspectiva de las cosas, que aunque esté tan en mi centro y de buen ánimo, me mantiene en la buena senda. 

sábado, 29 de marzo de 2014

Sueños son

Anoche soñé que Picasso me besaba. Bueno, me besaba para empezar. Venía caminando hacia mi con su remera rayada azul y blanca, los pantalones arremangados, en patas, con los brazos extendidos. Y como no seguí escribiendo, me olvidé del resto. 

Moviendo el carro

“Qué tarada que es la mina del ramo”, pensó. “No sabe cuáles son las peonías. Qué clase de mina que hace los ramos no sabe cuáles son las peonías. O sea, si se vende como que es la mina que hace los ramos top, no es posible que no sepa cuáles son las peonías. Es que no tiene ni idea. Qué boluda. ¡Además con lo que cobra! Y me quiere poner rosas. Las rosas son lo menos. No entiendo. Y ahora qué hago. Ya sé, le voy a encargar a Bea, que es gente como uno y entiende la diferencia. Y seguro tiene”.

Elenita siguió caminando mientras buceaba su bolso en busca de su teléfono. Odiaba tener que multitaskear. Caminar y buscar el teléfono no la dejaba pensar. Además se mareaba. Y se ponía histérica. “¡Qué mala leche!”, pensaba. Cuando se ponía nerviosa, la relajaba putear. Y además le salía el acento madrileño.“¡Que me cago en la leche!”, repetía, inspirada. “¡Que me cago en los muertos! Que dónde he metido el portable”. “Ni modo”. Cortó por lo sano: se hincó en el medio de la vereda de la sombra de Parera y dio vuelta la cartera. Total el teléfono tenía forro de silicona. “¡Uy! Tengo que comprar forros. Debería ir al Disco. Espero no encontrarme con nadie!”, repasó mentalmente. Justo cuando había terminado de dar vuelta la cartera oyó el ‘ringtone’ personalizado que repetía, como un mantra o una letanía: “I can never belong to you”. The Kings of Convenience siempre la ayudaban a volver a encarrilarse. Porque era de las que se descarrilan con facilidad. Y él ya tenía dueña. “Puto”, pensó por enésima vez.

Su superyó era tan grande y tan real como Superman. O últimamente lo había ilustrado como Metroman, el de Megamind. Era fuerte, lustroso y poderoso, pero en el fondo era un flacucho débil y azul que no sabía qué hacer de su vida. Lo mismo le pasaba con su novio.  Era alto, fornido, lustroso, lustroso su pelo, lustrosos sus músculos, sus ojos y sus labios. Pero luego después estaba este otro. El flaco con ojos soñadores y celestes, de los miembros y dedos largos, que tanto le gustaban. El de la boca algo dura sobre todo al pronunciar la “y” el que la llamaba justo en los  momentos de debilidad, como si los oliera, el que justo estaba cerca cuando se estaba por caer de bruces, el que llegaba a tiempo para darle un pañuelo antes del estornudo, ése era el que la llamaba hoy y ahora, el día en que se casaba para siempre con su novio de toda la vida. Su educación, su tribu, la imagen de su madre ahora muerta, lo que ella pensaba que pensaban sus amigas, todo absolutamente todo le lanzaba una admonición imaginaria a la cual ella respondía con ese grito mudo dentro de su cabeza que la dejaba sorda de la fuerza que hacía por salir: “la carne es débil”, se decía una y otra vez, esperando que ese lugar común hiciera las veces de una validación  que, aunque falsa a todas luces, le acallara la culpa de lo que había venido haciendo en el último año en que se había comprometido.

No alcanzó a atender el teléfono, pero mientras deliberaba interiormente, la despertó la misma canción y respondió automática y atolondradamente: “En Parera y Guido”. Caminó impulsada por la energía mitad culpa mitad excitación hasta Guido y Callao donde vio la camioneta mal estacionada con las balizas prendidas. Se subió de un salto de alegría y el “Hueso” no perdió tiempo, puso primera y devoró la distancia entre la parada en contravención y el departamento de Elenita.
Ella estaba terminando de vaciarlo para mudarse al de Marcos, que, claro, era más grande. Pero el de ella tenía un encanto especial.  Era prolijo y a la moda. A lo largo de los años había desarrollado un estilo de decoración que era el espejo de su personalidad: alegre, canchero, moderno, y emanaba una buena vibra que sus amigos amaban y siempre admiraban.



Ahora estaba casi vacío y totalmente desangelado, pero a ella esto la ayudaba para hacer de cuenta de que, lo que estaba por hacer, iba a ser, idealmente, por última vez.



lunes, 24 de febrero de 2014

Yo nunca fui a Paris No se lo que es New York

Yo nací en Gualeguaychú
Y no sé si solo yo o tu
Vivo confinada y lo odio
No llego al espejo porque está alto
Mil recuerdos me acompañan
Heridas, cicatrices, medallas y condecoraciones
Que me recuerdan cosas que quiero recordar
Pero jamás las que quiero olvidar
Esas están enterradas bien adentro
En un bunker hermético
Oscuro tieso y negro
Hasta que se desintegran
En penitencia, por haberse portado mal
Yo no tengo nada, o por lo menos lo ignoro
Aunque siempre tenga la música, las flores y los olores
Y los colores y el amor

La rutina la odio aunque a veces me haga bien
Lloraba mucho por emoción
Por pena o impotencia
Pero con los años lloro menos y tampoco es importante
Es gravísimo
Pero hay cosas que no cambian y a veces mejoran
Me gusta que me quieran
Me gusta cantar
A veces no me alcanza, y eso esta mal
Al dolor lo odio, por qué no me deja en paz.
No me alcanza el mundo para conocerlo
No me quiero morir sin verlo
Sin probar todo lo que haya
Conocer todo lo que encuentre
Disfrutar todo lo que puedan
Pero no se olviden de mi


miércoles, 19 de febrero de 2014

Alfileres en la boca

Creo recordar que empecé a escribir a conciencia y a piacere cuando ya estaba bastante crecidita, hacia eso de los veintipocos. Trabajaba en Radiodifusora Mediterránea SRL, la concesionaria de una Radio en Córdoba, LV2, Radio General Paz -famosa por haber propagado la Revolución Libertadora-, durante la que fue, probablemente, la peor época de mi vida, aunque no por ello la más aburrida. Me sentía virtualmente desdichada y atrapada, y no sabía para donde rajar ni cómo. Quizá fue ahí cuando descubrí que podía viajar a mundos paralelos sin moverme de mi máquina de escribir IBM a bolita, ni intoxicarme, lo cual todavía entonces no había ensayado. Escribir era como modelar arcilla, aunque sin embarrarse las manos. Era comparable a echar un mazacote de caolín sobre la tabla de madera,  hacerlo ganar altura, apoyado en un fierro, golpearlo para que se compacte, pero también hasta que se pareciera a algo, y entrar en trance hasta que, casi como por ensalmo, apareciera una forma similar a algo y que resonara en lo más profundo del alma, como las emociones que no podía transmitir porque faltaban las palabras. Sólo que en este caso, precisa y finalmente podía encontrar después de un rato largo las palabras, a fuerza de imitar intuitivamente ese proceso creativo que me es familiar y placentero.
Más tarde recuerdo, enamorarme de las palabras escribiendo cartas a clientes del estudio de abogados para el que trabajé después. La competencia era grande. Todos escribían muy bien. Habían leído mucho. El standard era alto. Y también mi amor propio. La conjugación fue mágica. A veces la presión saca cosas buenas de las personas. Descubrí que me daba placer traducir textos, dar con la palabra justa, la más expresiva, la más apropiada, y porqué no, la más brillante, casi presuntuosa.

Pero por sobre todo, igual que me pasó con la producción artística, pude finalmente poner manos a la obra, cuando me di cuenta que había vivido. Bastante. Apenas me recibí de Bellas Artes y del traductorado, lo primero que pensé fue: Y yo de qué voy a hablar, qué voy a decir, qué voy a contar, si no he vivido nada. Ahora me pasa todo lo contario.

viernes, 7 de febrero de 2014

High Fidelity

Dentro de los propósitos que me fijé -con bastante desgano- para este año que empezó, en el primer lugar estaba dejar de fumar, cosa que he logrado hacen dos meses y medio.

Otro, que se repetía en mi lista desde hace años, y al cual no le ponía demasiada atención hasta que se hizo lugar en los primeros puestos, era escribir. Escribir algo. Sin pretensiones, sin censuras. Sólo escribir, hacer caso de eso que me salía en todos los tests vocacionales de mi adolescencia, eso que se colaba en mi mente sin saber de dónde venía. Y que cada vez que lo hacía me parecía que no me salía nada mal. Es más, cuando escribía relatos de mis viajes o aquí mismo, alguna ponderación recibía. 

Pues heme aquí, recién vuelta, por primera vez en mi vida, de un taller de escritura. Esta mañana, presa del pánico más animal y buscando la estúpida excusa del temporal, casi no voy. Pero al final conseguí forzarme a mí misma y volver victoriosa de una misión que me parecía horrible por lo difícil. 

Esta fue mi primera contribución, siguiendo la consigna de escribir, como Nick Hornby, una lista de mis 5 (favoritos?) novios. 

Y claro, la literatura al final es casi siempre sobre el amor. 

Voilá: 


El escocés. Una tarde oscura de invierno, encerrada en el cuartito de la computadora, sintiendo que todo el mundo estaba con alguien, ocupados, divertidos o no, me encontré surfeando la internet. Era la prehistoria de la red. Apenas había aparecido. La conexión era vía una línea de teléfono. Hacía ese ruidito que sonaba un poco a pito y un poco a pájaro. Sólo que más electrónico. La paciencia era fundamental. Era un ejercicio prácticamente inaudito. Pero el interés tiene pies. Así que, reprogramando la mente y el cuerpo, la mirada fija en el monitor, me aboqué a completar los cientos de casilleros que me separaban de mi hombre ideal. El bombero de Montana no me sedujo. Nunca me dejé fascinar por los uniformes ni por los servidores públicos, pero cuando leí que el sistema había arrojado, aún a pesar sus precarios algoritmos, un especialista en programación de ordenadores con una lista de libros que comprendía gran parte de la literatura clásica y moderna, casi fue una epifanía. Y era escocés. Esa nación que, en el fondo de mi alma, bullía con pocos ingredientes, pero a fuego lento y antiguo, a la lumbre de los genes y de la imaginación, esperando que una ocasión inopinada apareciera y detonara una relación profunda, larga, íntima, estrecha, vital, innegable e imposible de abandonar.

El arquitecto. Prefiero que las cosas no me sucedan, sino provocarlas. Pero esta vez fue el primer caso.  Después de un tiempo que no puedo precisar, finalmente un día, llegó a mi atención un mensaje que se repetía con una insistencia menor a la que me podría haber molestado, razón por la cual finalmente lo advertí, y más aún, contesté. Aún sabiendo que podía ser peligroso. Como el agua, que se mete donde puede, sin pedir permiso, sin violencia, pero sin demoras e inexorablemente, me dio amor, cariño, sexo sin prisa, sin competición, sin alarde,  sin libertad, sin prejuicios, sin esquemas. Al final, mientras no hable se parece bastante a la felicidad, suponiendo que eso sea encontrar lo que uno cree querer. Tiene el hábito de mirarme a los ojos, a veces con una fijeza vacía de –le digo- asesino serial. Devolver su mirada es como hacer la plancha en el mar caribe. Un azul tan profundo que parece verde, en el cual me gusta perderme hasta desear que nunca más nadie me encuentre.  Pero no me gusta que me hable. Porque no entiendo su humor, demasiado absurdo para mi literalidad, sus motivos ni sus excusas. Mucho mejor es verlo en acción y editar todo lo demás.

El castigo. Es un amor platónico, pero no por eso menos real o menos fuerte. La primera vez que caminé por el pasillo largo y angosto del famoso y antiguo estudio de abogados, con su alfombra vieja y manchada, los paneles de cedro lustrado a la goma laca muñeca, como se hacía antes, porque ya nadie tiene oficio, el primero de varios que me llamó para conocernos y conversar, fue el de la primer oficina a la izquierda, la de Wolfie.  Y habíamos sido vecinos en el mismo edificio, aunque a destiempo. Como todo el resto de nuestra relación. Nos conocimos cuando él ya había puesto primera en su vida. Más bien cuando ya estaba en 4ª y pronto a entrar en la velocidad crucero en la que se mantiene desde ese entonces, hace veinte años. O más. No obstantes todos los obstantes entre medio, cada vez que nos vemos no podemos dejar de mirarnos profundamente, aún cuando hablemos de cualquier tema. Por ejemplo de la vejez, del trabajo, de las malas elecciones de nuestros amigos comunes… Su mujer sostiene que me tiene celos pero que no se preocupa porque me conoce. Lo que no sabe es que no me conoce tan bien, ya que si yo tuviera la ocasión, ella posiblemente habría de lamentarlo.


El ingeniero Para no contrariar a Freud mi primer novio fue un ingeniero, igual que mi padre. Su cara redonda, su boquita minúscula, sus ojos grandes pero sobre todo su confiabilidad fue lo que me ganó de entrada. Que me viniera a buscar a las 9 en punto cuando había dicho a las 9 te busco me generaba un estado de maravillosa excitación que jamás le confesé. No fuera que supiera con qué poco me tenía. Lástima que le faltó amor. No en intensidad, sino en duración. Sentí que se sumió en un sopor indiferente que me ofendió en lo más profundo. Aunque el sexo haya sido probablemente el que más me haya gustado.  Era un buen candidato: atractivo sin estridencias, caballero y cariñoso, buen amante y trabajador. Pero me cambió por un barco. El día que me di cuenta que lo único que le hacía brillar los ojos era navegar, ese mismo día en que me di cuenta que no me quería así de tanto, me di por vencida y lo dejé.


El franchute. Es verdad que el tamaño importa. Quien diga lo contrario miente. No sé si es cierto que el tamaño de la nariz, las manos o los pies y otros miembros se corresponden, pero tiendo a pensar que es verdad, como así también es verdad que más es mejor que menos. Y también confirmé esa teoría que no sé siquiera si existe, aunque debería, que los franceses son los mejores amantes. El mismo amor que tienen por el buen vivir, la buena comida, los buenos vinos, el rico pan, el queso y todos los otros grandes placeres hedonistas, transpira en un arte de amar que no se parece al de nadie que yo haya conocido en mi no poca experiencia. Olvídense de los judíos; aunque me faltó un psicólogo.  Claro que el problema fue, precisamente en que era francés. Y esta vez como sinónimo de amoral, mentiroso, y pelotudo. Me costó perder su compañía, su cocina, su amor y sus grandes manos.



sábado, 4 de enero de 2014

Locos

Últimamente me he rodeado de gente con capacidades diferentes. Capaz que algo quiere decir. Trabajo para una persona de casi un siglo. Mi peor es nada es casi Asperger's, mi mejor amiga por ahí le anda. Mi otro amigo es, según él bipolar. 

O estoy demasiado cerca y por ende no veo que nadie sea normal, o el viento nos amontona. Creo que es lo segundo.  También implica ver al mundo de una manera especial, probablemente con un poco más de dolor y  lucidez que el ciudadano promedio. Y por añadidura con la consabida infelicidad. 

Acá es cuando aprecio monumentalmente lo que quizá fuera el legado más importante de mi madre: el sentido del humor. Ante el absurdo de la vida, el dolor, la injusticia, las cosas sin remedio... afirmaba que todo debía disolverse en una estentórea carcajada. 

jueves, 2 de enero de 2014

Falso

Mis pesadillas  en un alto porcentaje consisten en el el dolor que produce el descubrimiento del engaño.  Anoche estaba en la casa de una familia amiga de mi familia desde hace un par de generaciones, con lo cual era como la mía misma. ES como la mía. El pater familias murió, después de padecer varios años  Alzheimer y la madre se enfermó de diabetes, igual que casi todos sus muchos hermanos. Ella me llamaba en un aparte con la clara intención de hacerme una corrección fraterna, a la cual acudí intrigada. Pero mucha más intriga me dio cuando me pidió que no le diera más besos ni abrazos cuando nos saludábamos o despedíamos, porque en su familia no le gustaban. Si estuviera haciendo terapia y me preguntaran con qué lo asocio, me sería difícil relacionarlo con algo, más allá del sudor fruto de la canícula de este país que ahora es tropical y no nos queremos convencer. 

Después soñé que me iba a la posada en la playa a donde voy siempre en esta época, pero habían mudado mis cosas al sótano en función de que yo estaba pasando unos días en la casa de mis amigos. Y en mi cama había un negro. Y otra persona, durmiendo al lado. Ok. Ahí me desperté. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

El señor de abajo: Soneto 18 - Shakespeare. Qué Hermosura.

El señor de abajo: Soneto 18 - Shakespeare: tas más buena que un día de verano mucho más y además sos más hermosa el vendaval de enero es inhumano y el verano es cortito po...

To Do's

Hace no muchos años empecé a (volver a) hacer listas de propósitos para trazar líneas tendientes a mejorar, reordenar y  reencarrilar mi vida y ser, por ende más feliz.  Hacen muchos años también que la lista se repite, sin ningún logro fundamental. 

Yo pensaba que era una contrafobia muy enroscada, fruto del movimiento pendular que me arrojó en las antípodas de aquella secta a la que supe pertenecer, y sobre la cual, muy rara vez pero sí de vez en cuando, todavía tengo pesadillas. Pero también pienso que si uno no hace algunas cosas a conciencia, es muy difícil que el azar las haga por nosotros. Soy por ende, una hacedora. No soy de sentarme a esperar que me pasen las cosas. Consiguientemente tengo la frente llena de chichones, pero en perspectiva, capaz que alguna vez me alegré de haber conseguido alguna cosa que quería mucho. 

Este año 2013, que me fue tan propicio, voy a poder tachar dos o dos y media cosas. El número 13 siempre me gustó. Nací un 13 de septiembre. Cuando tenía 13 años era feliz. Cuando juego a algo o compro una rifa, busco ese número. Es mi número de la suerte, aunque no crea en la suerte. 

Por ende, en estos días que estoy un poco al vicio, y que estoy tratando de cambiar tantas cosas de la forma en que he venido viviendo, voy a inaugurar una de las preciosas libretitas que me compré en Europa este año, empezando, creo por la de Edinburgh y voy a repetir el rito. 

Tanto va el cántaro a la fuente, que seguro un día se rompe. Es la estadística, dummy

viernes, 27 de diciembre de 2013

Yeguas y equinos

Anoche soñé con caballos. Más precisamente esta mañana. Con yeguas, en particular. No sé por qué, desde el punto de vista de la organización inconsciente o subconsciente. Pero los caballos, igual que las máquinas herramientas, ocupan un lugar privilegiado en el fondo más profundo de mi alma. La zona donde se alojan estas más o menos secretas aficiones se llama edipo. Mi padre era ingeniero civil y jugaba al polo. Seguramente representen el poder, la fortaleza, la eficiencia, y la belleza, todas cualidades que me gustan mucho. Las de las máquinas herramientas en los hombres y las de las yeguas en las mujeres. De hecho en mi tribu las mujeres recibíamos un trato y una apreciación muy parecida a las bellas equinas. 

Me gustan las yeguas porque son lindas. Son lindas porque ... Ah, la salvedad es que estoy hablando de la raza polo pony, aunque incluya los thoroughbred. El pelo brilloso, cortito, pegado a la piel, suave, que deja transparentar los músculos y venas, los tendones y cavidades, me generan lo mismo que los brazos de hombre rubio o pelirrojo, curtidos por el sol. No abundo por una cuestión de dignidad apenas sostenida. 

Me gustaría ser una yegua en alguna vida, si fuera posible. Me gusta correr furiosamente, a la par de otras a ver quién gana. Su brío y su carácter arisco me son rasgos familiares, más aún, interesantes y bellos. Revelan impulso, experiencia, ganas, entusiasmo, sensibilidad. Ser arisca es una virtud más que un defecto. Por qué, acaso las mujeres tenemos que soportar tantas cosas que no deberíamos? Es un recurso para defenderse. 

Pero cuando las topadoras y las aplanadoras al borde de las rutas están en pleno funcionamiento, tengo que luchar para no chocar, porque difícilmente puedo seguir manejando sin poder despegar los ojos de estos cacharros tan entrañables para mi. Me gusta cómo cavan la tierra, como la amontonan, la esparcen y la aplanan. No me gusta verlas paradas sin hacer nada mientras decenas de operarios comen asado y ellas quedan olvidadas al rayo del sol. 



martes, 24 de diciembre de 2013

Saturnalia

Si no fuera que me arrepentiría, me quedaría en mi casa. Está fresquita, silenciosa, fragante. Huele a jazmines, nardos y cerezas. Pero me espera un buen programa: festejar la Navidad con mi familia más cercana, y con mis primos más cercanos y sus familias. Va a ser una reedición de aquellas navidades en el campo. Esas navidades con ricos perfumes y corazones cálidos. Comeremos, beberemos, reiremos, bailaremos y hasta quizá nadaremos. 

Todos mis verbos favoritos, con alguna salvedad. 


Haya paz. Que es lo único que me importa, conforme envejezco y no necesariamente me transformo en más sabia.