El Solitario de Perelandra, comentador inopinado y reciente, bien supo provocar mi pluma (o mi teclado, lo que es lo mismo) pidiéndome que hable de mi abuela.
Mi abuela paterna fue fascinante y entrañable en partes iguales. Era una mujer de estatura justa. Justa para escaparle a aquello de petisa. No era muy alta, no. No sé si era especialmente bella, aunque decididamente era más bella que fea. Tenía unos ojos amarillos y unas piernas macetonas. Era más bien culona y tenía una nariz y labios finitos, todo lo cual heredé. Era una especie de maga que transformaba todo lo que había a su paso. En la famosa estancia que ocupa el lugar de mi parnaso ideal, había frutales, árboles añosos y nobles, una huerta alguna vez, un matorral de boisamberris como les decíamos de chicos. Alguna vez hubo ruibarbo. Ella todos los fines de verano recolectaba en una canasta de mimbre los higos, ciruelas, manzanas, caquis que tanto le gustaban y hacía mermeladas y conservas. Durante horas hervía frutas y azúcares en grandes ollas de puchero en un pequeño office que quedaba en un paso de atrás adelante de la insigne casa con forma de 'U'. Además en el jardín que quedaba en el centro de la 'U' hay un aljibe de mármol blanco, y hierro forjado, con un balde lleno de tacos de reina con cuyas hojas a veces hacía un mojito de mayonesa para ponerle a las tostadas que luego se tomaban 'los grandes' con los copetines. A mi abuela le encantaba el Gancia. Era una mujer que disfrutaba mucho de las cosas aunque era también bastante medida, sobria. Cuando llegaba la temporada señalada se la veía temprano o a la hora del ocaso dando vueltas alrededor de sus rosas. Las podaba, injertaba, fumigaba (con su delantal, sus guantes de cuero, su sombrerito y su calzado ad-hoc). Era algo que se tomaba con mucha seriedad. Y pronto después su vergel compensaba sus cuidados con unas rosas tan lindas como nunca más vi en mi vida. Decían de ella que tenía hormigas en el culo. Y la verdad es que raramente estaba ociosa, a menos que el ocio implicara sentarse con sus queridos a oírlos, hablarles… Derrochaba amor y cariños, aunque también hacía sus brutales diferencias. Creo que conmigo por ser la hija mayor de su hijo mayor tenía una debilidad mal disimulada. Yo francamente la adoraba. Pero sus 30 y pico de nietos la adoraban por igual. Otro recuerdo imborrable de mi abuela era verla andar en bicicleta a la edad que muchas mujeres están muertas, y cuando me pasaba a buscar en su Fitito celeste que, para mí, entonces, era el colmo del glamour.
Antes de que mi abuela viviera en esta famosa casa, su madre, la antigua bisabuela regia, y sus muchos hijos habían vivido y veraneado allí durante muy largo tiempo. Recuerdo que en el cuarto del medio estaba Tío L y su mujer I. Me encantaba verlo al tío L sentado en las sillas de playa que ahora les dicen de director, a la sombra de una Santa Rita ofensivamente fucsia. En el cuarto de la punta, moraba el tío H, con sus camisolas, patines de cuatro ruedas, y amigos actores que para nosotros entonces algo eran extravagantes aunque definitivamente excitantes. Quizá de los hermanos de mi abuela sobresalía la tía MariaK, creo que su única hermana mujer, con quien se complementaban súper bien. Era esta tía muy alegre, le encantaba divertirse, disfrazarse, organizar fiestas, poner mesas con todos los objetos bellos posibles, y siempre alentándonos a disfrutar de las cosas 'mientras haya'. Muchos veranos me mandaban a su casa en un campo vecino, con el pretexto de que estudiara historia con mi prima su nieta de mi edad, yo vaga y ella medio tronca. Mi abuela tenía en común con sus hermanos una cierta facilidad y felicidad de vivir, en un sentido que hoy para mí es casi extraño. Cuesta encontrar gente que viva tan bien, tan en armonía con todo, en una vida tan luminosa, llena de color, perfumes, sensaciones agradables. Mi abuela solía decir -como en un oscuro e insensato presagio- que tenía miedo de ser tan feliz.
Los veranos eran virtualmente eternos (mi padre nos pasaba a buscar por el colegio el último día de clases, con los uniformes puestos, y nos cambiábamos en el auto camino al campo) donde pasábamos de un campo al de al lado visitando parientes y más parientes. Volvíamos a la civilización, al colegio y a la ciudad prácticamente salvajes, pero habiendo vivido una vida soñada. Fui muy afortunada de haber tenido una infancia así.
Otro lujo privado que teníamos ella y yo eran los domingos en que me iba a dormir a su casa en Buenos Aires, no sé bien el motivo más allá de que a ella le gustaría mi compañía, pero en teoría era porque me quedaba cerca del colegio. Disfrutaba despertarme e ir a desayunar el café instantáneo que en principio, odiaba. Hasta eso provocaba ella.
Hasta aquí todos recuerdos gozosos.
Como la vida es tan rara, unos lustros más tarde todo cambió. Los detalles no los quiero recordar. Mi abuela pareció decir adiós mentalmente, y desconectarse ipso facto, y murió hace poco, después de muchos, muchos años de convalecer de parkinson, demencia senil y otras porquerías.